La tormenta no amaina y tienes que encontrar un refugio. Caminas un buen trecho por entre los árboles, pero ninguno ofrece reparo; los fríos goterones de la lluvia traspasan las ramas aún peladas por el invierno. Hoy es día de San Patricio; no falta mucho para que la Primavera se haga presente, aunque quizás se tarde más que otros años en llegar. Al menos esa es la sensación en un día como hoy, que el frío te cala hasta los huesos.
Finalmente, por entre tus flequillos empapados, vislumbras unas rocas, justo en el borde del acantilado de la derecha. ¡Sí! Hay un hueco lo bastante grande como para que una persona alta se encorve y entre. Parece profundo y oscuro, especialmente hoy, que el atardecer llegó temprano con las nubes...
Al acercarte más, notas un resplandor apagado en el fondo y te detienes. ¿Amigo o enemigo? En estos tiempos bárbaros, no puedes fiarte de cualquier persona que te cruces. Hasta los animales son más confiables: por lo menos sabes cómo podrían llegar a reaccionar.
Te haces bocina con una mano y gritas un "¡Hola, quien quiera que seas!". Luego esperas pacientemente, envolviéndote en tu capa. Nadie sale enseguida, hasta que, de repente, sientes la punta de una flecha en la nuca.
- Las manos afuera -gruñe alguien a tu espalda, retrocediendo -Date la vuelta lentamente y quítate la capucha.
Obedeces. Al volverte, te encuentras con otro encapuchado tan empapado como tú, sólo que es algo más bajo de estatura y menudo. El arco cuya flecha te apunta, es extraño, no hecho por Hombres. Pero son tiempos bárbaros...
- He venido buscando refugio, no traigo armas -declaras.
- Y ese bulto en tu espalda ¿qué es? -pregunta con vos ronca.
- Mi laúd -respondes sencillamente, mostrando las palmas- Soy músico.
- Sí... Ya lo veo -Tu captor baja su arma y te hace un gesto con la cabeza- Camina a la cueva.
Un tanto alarmado por la facilidad de todo el asunto, te mantienes en guardia, aunque obedeces sin chistar. Al reparo de la lluvia, podrás pensar mejor.
Cuando entras al lugar, caminan por un pequeño pasillo accidentado y natural en penumbras hasta una cueva mucho más amplia y acogedora. Hay pieles en el suelo, mantas enrolladas en un rincón y una pequeña cantidad de almohadones apilados junto a una mesita sencilla formada por un tablón sobre pilares de roca. En un rincón, hay un caldero humeando sobre una fogata bien resguardada. El humo sale por una rendijas de la propia roca por donde se escurre un poco de agua de lluvia que es recogida por una jarra metálica. En el centro, colgando de una anilla, hay una lámpara de aceite crepitante. Y en las paredes, en casi todas ellas, se ven dibujos, arte rupestre de tiempos inmemoriales, trazados por distintas manos y artistas. Es increíblemente bello.
Mientras te invita a sentarte, tu captor se quita la capucha de cuero empapada, dejando caer unas largas trenzas castañas con brillos dorados. Deja su arco en un sitio destinado para las armas (tienen varias) y, al darse vuelta, descubres que es una muchacha élfica de expresión seria y ojos tristes y antiguos como el mundo. Cierras la boca que abriste ante tu sorpresa y empiezas a balbucear una disculpa. Nadie ha visto a los Elfos desde hace tiempo, y si se los ve, es mejor mantenerse alejado de ellos y no fastidiarlos. Ahora encaja por qué ella te ha creído sin más, allá afuera: dicen que estos seres son capaces de leer en tus propios ojos, descubriendo tu valía. Pero también hay historias oscuras sobre ellos en estos tiempo bárbaros....
Ella levanta la mano.
- No te disculpes -dice- Soy sólo una persona en esta caverna. Quítate la capa y las botas, y envuélvete en una de esas mantas; te serviré algo de comer. Me llamo Líriel, por cierto. Líriel Lórindol* -y al decir esta última palabra, su cabello libera unos destellos dorados, convocados por el resplandor del fuego. -¿Cómo te llamas tú? Si es que te atreves a darme tu nombre...
Sonríes sin querer. Nadie da su nombre en estos tiempos bárbaros. Hay personas que pueden hacer mucho daño si lo obtienen; entregas tu nombre y abres la puerta para ser invadido, atacado, vulnerado. Y un poco de tu alma corre el riesgo de perderse, porque sueltas la lengua como si estuviera hechizada y empiezas a hablar de ti mismo, a descubrirte ante el mundo, como si de repente tuvieras la necesidad de que todos sepan sobre ti. Los secretos te convierten en presa fácil...
Pero ella te ha icho el suyo sin vacilar. Los elfos no mienten, por eso sabes que es su nombre real. Y si te lo ha dado, es porque despiertas su confianza.. o en todo caso, ella confía en su propia fortaleza y no teme caer en el hechizo de la lengua, o no tiene nada que ocultar. Son seres extraños, los Elfos...
- Garald de Alendia -dices, con la certeza de que ella no te hará ningún mal. Te quitas la capa, la escurres un poco y luego dejas el laúd sobre una piel con cuidado. Tus botas están bastante secas pero tienes los pies helados y los acercas un momento al fuego. Líriel te alcanza un trozo de pan y luego, tomando tu capa, va hacia el fuego, colgándola de un gancho cercano. Toma dos escudillas del suelo, al otro lado y vuelve a buscar algo de ese guisado que huele mejor que estupendo. -¿Conejo? -aventuras.
- Con patatas y alguna otra raíz -asiente ella.
- ¿Vives aquí hace mucho? Así me lo parece -te atreves a decir. Estás un poco nervioso.
- No te equivocas -contesta, mientras deja dos cuencos en la mesa y te hace señas para que te acerques. Junta las manos y, cerrando los ojos, murmura algo en su lengua arcana que suena a bendición; luego, empieza a comer, mirándote- Espero que me permitirás examinar el laúd -dice, mirándolo desde su lugar.
- ¿Tocas?
- Algo. No exactamente eso; más bien la lira, aunque hace tiempo que no tengo una a mano...
- Agradezco tu amabilidad, señora -aseguras rápidamente- Por supuesto que podrás tomar el laúd. Sólo te pido que lo trates con cuidado. Perteneció a...
- Sé a quién perteneció -interrumpe ella en voz baja- El laúd tiene su propio nombre grabado. Y no me agradezcas nada: tendrás que pagarme.
- Me temo que no traigo dinero... La última aldea que visité...
Ella sonríe por primera vez y parece embellecerse de repente.
- No quiero tu dinero. Quiero una historia.
Ahora, sonríes tú.
*Lórindol: Este nombre se ha tomado de la obra de J.R.R. Tolkien. Se traduce como "Cabeza de oro" y fue el nombre dado a Hador.
Ahora, sonríes tú.
*Lórindol: Este nombre se ha tomado de la obra de J.R.R. Tolkien. Se traduce como "Cabeza de oro" y fue el nombre dado a Hador.
