Líriel estaba complacida. Se le notaba en el rostro. Pero también notaba tu cansancio a pesar que no estás en disposición de dormir. Pero tu rostro aparece soñoliento por momentos. Tú mismo tienes que admitirlo en voz alta.
-Puesto que ya he hablado, creo que debo dormir... sin embargo quisiera oírte. Sete ve en e rostro que sabes muchas historias.
-Haré una cosa -dijo ella den cambio- Mientras te recuestas, te contaré una historia... de mi infancia. Si te duermes, luego te contaré el resto, si es que sigues interesado... ¿Qué te parece?
- Me parece que tenemos un trato.
Líriel se acomoda mientras te señala un rincón lleno de mantas. Y comienza...
Corrían por la pequeña arboleda, persiguiéndolo con los arcos prestos, pero el Gran Gamo no ponía mucho esfuerzo por huir; estaba divirtiéndose en grande y hacía algunas cabriolas para demostrarlo. Esto molestó a sus dos jóvenes perseguidores, que aceleraron el paso, a pesar de que ya les costaba respirar un poco. Uno de ellos disparó cuando el Grande amagó con desviarse de la ruta que ellos querían que tomara.
Llegaban a las paredes azules de las montañas cuando el Grande decidió que la persecución ya había durado suficiente. Tenía crías que atender y su mujer lo regañaría si no les daba la cena. Había sido divertido, empero.
Frenó bruscamente y, hundiendo las astas en el camino, las levantó cuando ellos estuvieron cerca, arrojando tierra a la cara de uno. El otro se lanzó a su cuello, pero un movimiento violento del Grande lo arrojó contra la pared de roca. Cuando recuperó algo de aire y logró sentarse, ya el Grande se alejaba a los saltitos por entre la maleza, altivo. Maldijo, atrayendo la atención del otro niño.
—¿E... estás bien? —preguntó Líriel, restregándose los ojos— ¿Te pateó?
—¡No estaría vivo...! —repuso Baranor, un tío pecoso de pelo castaño, hombros anchos y los pies tan bien plantados que parecería un Enano, si no fuera demasiado alto para el equivalente a su edad. Estaba fastidiado y, levantándose, se sacudió el polvo— ¿Cómo están tus ojos? —preguntó cambiando el tono a uno más amable.
—Me arden... La tierra de aquí trae sal... Pienso que quiso darnos una lección —Lo miró entre parpadeos y suspiró— Por mí, ya aprendí y lo dejaré en paz —agregó. Era la séptima vez que fallaban en su intento de cazar al Grande.
—Si lo que tú comes huyera de ti, no dirías lo mismo —protestó él.
—Puedes cazar conejos... o ardillas... —replicó tranquilamente.
—¡No! Quiero ese Gamo.
—¡Bah! —Líriel dejó caer los hombros y se quitó el capuchón para apartar los castaños flequillos— En serio, Bar... Habrá que buscar otra cosa... ¡Y no vengas con que es por comida! —alzó la voz, al ver que él iba a replicar— ¡Sé que en realidad pretendes adornar tu yelmo con su cornamenta!
—Bueno... ¡Pero también quiero comerlo...! —se sonrojó Bar— Vamos, Lir... ¡Sólo una vez más!
—Un jabalí no es tan malo para tu yelmo... —opinó ella.
—¡Soy hijo del jefe! Necesito algo mejor que eso...
—Él tardó décadas en conseguir los cuernos del gigante y eso que es mucho mejor que tú. ¿Te crees más listo? Además, también soy su hija; debería tener uno bueno también y no ando lloriqueando por ello...
—Pues ni modo, ¡Eres niña! A ustedes no les quedan bien... —opinó— Mejor busca un par de alas...
—¡Alas! Qué ridículo... —despreció ella, dándole la espalda y alejándose.
—Sí... Pensándolo bien, no las necesitas —Bar sonrió con sorna— Tus orejas ya son lo bastante grandes...
—¡¡Eres un... un...!! —Ella regresó corriendo y lo embistió. Empezaron a pegarse, hasta que Líriel dejó suspendido un puño en el aire sin llegar a propinar el tortazo que Baranor estaba esperando. Había visto algo.
—¿Qué pasa? —le preguntó Baranor.
—Allá... —señaló ella. Bar parpadeó y vio el reflejo verde en la pared de roca. Se acercaron— ¿Será un... un...?
—Mmm... no sé... —Bar se quitó el yelmo, que le impedía ver bien, y limpió la piedrecita. Parecía un brillante de esos que vendían en los mercados, engastados en bonitos broches. Estaba sucio y enterrado en la pared de la montaña.
—Si no me equivoco —observó Lir— aquí te lanzó el Gamo. Supongo que la desempolvaste con tu espalda al chocar... Si no, la hubiese visto ayer cuando planeábamos todo aquí.
—Ayúdame a sacarla.
Ella asintió, aunque no estaba segura de que fuera buena idea. Ayudados con una daga y una flecha, rascaron la roca alrededor del objeto hasta que, con movimiento de palanca, Lir acabó de quitarla. Le pareció sentir un ligerísimo temblor bajo sus pies, pero resistió el impulso de ponerla de nuevo en su sitio.
—¿Sentiste eso? —preguntó, cuando Bar le pidió la piedra para admirarla. Era suave al tacto.
—Fue mi estómago ¡Tengo hambre! ¿Crees que haya más? —Tanteó el resto de la pared, esperanzado.
—Quizá, aunque... deben estar más tapadas... Volvamos, Bar —pidió, intranquila— Sería inútil buscarlas si no sabemos dónde.
—Bueno... —Empezaron a alejarse— De todas formas, ¿qué haremos con ella?
—Puedo quedármela si no la quieres... —aventuró Lir.
—¡Ni de broma! Primero vamos al mercado para ver si tiene algún valor y luego decidimos qué hacerle. Lo echamos a suertes si no lo decidimos...
—... ... Vale... ¡Pero yo la guardaré, ya que la vi primero!
—De acuerdo... ¡Ooops!
Ambos cayeron de bruces al suelo por un violento estruendo tras ellos. Mirando por sobre el hombro, vieron que la pared junto a la que estuvieron se había derrumbado y una cortina de polvo flotaba en torno. Lir se puso pálida y Bar se estremeció. Quizás se imaginaron bajo esos escombros.
—Vámonos —ordenó a su hermanita, ayudándola a levantarse, aunque ella no necesitaba que se lo dijeran dos veces.
Por una excusa u otra, volvieron a ponerse a pelear mientras bajaban al campamento. Eso los ponía de mejor humor y les hizo olvidar el susto de hace un rato. Vorlan cortó su diversión sin miramientos, al llegar corriendo.
—¡Niños! ¡Niños! —les gritó, separándolos— Ya está bien... ¿Os dejo cinco minutos y termináis así? ¡Estáis hechos un desastre! —regañó.
—Sólo estuvimos entrenando... —se excusó Bar.
—Si, y yo soy Enriqueta de la Colonia... ¡Tirar así del cabello de tu hermana!
Líriel le tiró la lengua a Bar con expresión arrogante.
—Pues si quiere ser un guerrero como nosotros, tendrá que aguantárselas —replicó el muchacho.
—¡Ya no quiero oír nada! Harith os llama a cenar... —Vorlan se alejó caminando como si fuera el guerrero del año. Lir hizo mímica de él a sus espaldas y Bar no pudo evitar una risita. Vorlan se volvió con el ceño fruncido, aunque no vio nada raro.
—Mucho cuidado... —les advirtió venenosamente.
—¡No hemos hecho nada!—repuso Lir inocentemente.
—¡Hum! Andando...
continúa en...Licántropo II