28 de febrero de 2019

La sombra del Licántropo I


Líriel estaba complacida. Se le notaba en el rostro. Pero también notaba tu cansancio a pesar que no estás en disposición de dormir. Pero tu rostro aparece soñoliento por momentos. Tú mismo tienes que admitirlo en voz alta.

-Puesto que ya he hablado, creo que debo dormir... sin embargo quisiera oírte. Sete ve en e rostro que sabes muchas historias.

-Haré una cosa -dijo ella den cambio- Mientras te recuestas, te contaré una historia... de mi infancia. Si te duermes, luego te contaré el resto, si es que sigues interesado... ¿Qué te parece?

- Me parece que tenemos un trato.
Líriel se acomoda mientras te señala un rincón lleno de mantas. Y comienza...





Corrían por la pequeña arboleda, persiguiéndolo con los arcos prestos, pero el Gran Gamo no ponía mucho esfuerzo por huir; estaba divirtiéndose en grande y hacía algunas cabriolas para demostrarlo. Esto molestó a sus dos jóvenes perseguidores, que aceleraron el paso, a pesar de que ya les costaba respirar un poco. Uno de ellos disparó cuando el Grande amagó con desviarse de la ruta que ellos querían que tomara.

Llegaban a las paredes azules de las montañas cuando el Grande decidió que la persecución ya había durado suficiente. Tenía crías que atender y su mujer lo regañaría si no les daba la cena. Había sido divertido, empero.

Frenó bruscamente y, hundiendo las astas en el camino, las levantó cuando ellos estuvieron cerca, arrojando tierra a la cara de uno. El otro se lanzó a su cuello, pero un movimiento violento del Grande lo arrojó contra la pared de roca. Cuando recuperó algo de aire y logró sentarse, ya el Grande se alejaba a los saltitos por entre la maleza, altivo. Maldijo, atrayendo la atención del otro niño.

—¿E... estás bien? —preguntó Líriel, restregándose los ojos— ¿Te pateó?

—¡No estaría vivo...! —repuso Baranor, un tío pecoso de pelo castaño, hombros anchos y los pies tan bien plantados que parecería un Enano, si no fuera demasiado alto para el equivalente a su edad. Estaba fastidiado y, levantándose, se sacudió el polvo— ¿Cómo están tus ojos? —preguntó cambiando el tono a uno más amable.

—Me arden... La tierra de aquí trae sal... Pienso que quiso darnos una lección —Lo miró entre parpadeos y suspiró— Por mí, ya aprendí y lo dejaré en paz —agregó. Era la séptima vez que fallaban en su intento de cazar al Grande.

—Si lo que tú comes huyera de ti, no dirías lo mismo —protestó él.

—Puedes cazar conejos... o ardillas... —replicó tranquilamente.

—¡No! Quiero ese Gamo.

—¡Bah! —Líriel dejó caer los hombros y se quitó el capuchón para apartar los castaños flequillos— En serio, Bar... Habrá que buscar otra cosa... ¡Y no vengas con que es por comida! —alzó la voz, al ver que él iba a replicar— ¡Sé que en realidad pretendes adornar tu yelmo con su cornamenta!

—Bueno... ¡Pero también quiero comerlo...! —se sonrojó Bar— Vamos, Lir... ¡Sólo una vez más!

—Un jabalí no es tan malo para tu yelmo... —opinó ella.

—¡Soy hijo del jefe! Necesito algo mejor que eso...

—Él tardó décadas en conseguir los cuernos del gigante y eso que es mucho mejor que tú. ¿Te crees más listo? Además, también soy su hija; debería tener uno bueno también y no ando lloriqueando por ello...

—Pues ni modo, ¡Eres niña! A ustedes no les quedan bien... —opinó— Mejor busca un par de alas...

—¡Alas! Qué ridículo... —despreció ella, dándole la espalda y alejándose.

—Sí... Pensándolo bien, no las necesitas —Bar sonrió con sorna— Tus orejas ya son lo bastante grandes...

—¡¡Eres un... un...!! —Ella regresó corriendo y lo embistió. Empezaron a pegarse, hasta que Líriel dejó suspendido un puño en el aire sin llegar a propinar el tortazo que Baranor estaba esperando. Había visto algo.

—¿Qué pasa? —le preguntó Baranor.

—Allá... —señaló ella. Bar parpadeó y vio el reflejo verde en la pared de roca. Se acercaron— ¿Será un... un...?

—Mmm... no sé... —Bar se quitó el yelmo, que le impedía ver bien, y limpió la piedrecita. Parecía un brillante de esos que vendían en los mercados, engastados en bonitos broches. Estaba sucio y enterrado en la pared de la montaña.

—Si no me equivoco —observó Lir— aquí te lanzó el Gamo. Supongo que la desempolvaste con tu espalda al chocar... Si no, la hubiese visto ayer cuando planeábamos todo aquí.

—Ayúdame a sacarla.

Ella asintió, aunque no estaba segura de que fuera buena idea. Ayudados con una daga y una flecha, rascaron la roca alrededor del objeto hasta que, con movimiento de palanca, Lir acabó de quitarla. Le pareció sentir un ligerísimo temblor bajo sus pies, pero resistió el impulso de ponerla de nuevo en su sitio.

—¿Sentiste eso? —preguntó, cuando Bar le pidió la piedra para admirarla. Era suave al tacto.

—Fue mi estómago ¡Tengo hambre! ¿Crees que haya más? —Tanteó el resto de la pared, esperanzado.

—Quizá, aunque... deben estar más tapadas... Volvamos, Bar —pidió, intranquila— Sería inútil buscarlas si no sabemos dónde.

—Bueno... —Empezaron a alejarse— De todas formas, ¿qué haremos con ella?

—Puedo quedármela si no la quieres... —aventuró Lir.

—¡Ni de broma! Primero vamos al mercado para ver si tiene algún valor y luego decidimos qué hacerle. Lo echamos a suertes si no lo decidimos...

—... ... Vale... ¡Pero yo la guardaré, ya que la vi primero!

—De acuerdo... ¡Ooops!

Ambos cayeron de bruces al suelo por un violento estruendo tras ellos. Mirando por sobre el hombro, vieron que la pared junto a la que estuvieron se había derrumbado y una cortina de polvo flotaba en torno. Lir se puso pálida y Bar se estremeció. Quizás se imaginaron bajo esos escombros.

—Vámonos —ordenó a su hermanita, ayudándola a levantarse, aunque ella no necesitaba que se lo dijeran dos veces.

Por una excusa u otra, volvieron a ponerse a pelear mientras bajaban al campamento. Eso los ponía de mejor humor y les hizo olvidar el susto de hace un rato. Vorlan cortó su diversión sin miramientos, al llegar corriendo.

—¡Niños! ¡Niños! —les gritó, separándolos— Ya está bien... ¿Os dejo cinco minutos y termináis así? ¡Estáis hechos un desastre! —regañó.

—Sólo estuvimos entrenando... —se excusó Bar.

—Si, y yo soy Enriqueta de la Colonia... ¡Tirar así del cabello de tu hermana!

Líriel le tiró la lengua a Bar con expresión arrogante.

—Pues si quiere ser un guerrero como nosotros, tendrá que aguantárselas —replicó el muchacho.

—¡Ya no quiero oír nada! Harith os llama a cenar... —Vorlan se alejó caminando como si fuera el guerrero del año. Lir hizo mímica de él a sus espaldas y Bar no pudo evitar una risita. Vorlan se volvió con el ceño fruncido, aunque no vio nada raro.

—Mucho cuidado... —les advirtió venenosamente.

—¡No hemos hecho nada!—repuso Lir inocentemente.

—¡Hum! Andando...



continúa en...Licántropo II

26 de febrero de 2019

Flores


Sangre. Volvía a olerla encima de él, en su piel y en sus ropas oscuras. Por más que se bañara a diario -a veces más de una vez al día- el olor persistía, no había forma de librarse de su halo.

Estaba seguro de que las demás personas lo percibían, o de otro modo no lo rehuirían cada vez que pasaba por algún pueblo. ¡Ni siquiera un verdugo oficial tenía tanta capacidad de repelencia! O acaso era a causa de la oscuridad de su ropa, de su porte de mal agüero…

Salió de la carretera para internarse en el prado repleto de flores de botón de oro. Eran brillantes, como la cabellera dorada de Kairi... Suspiró, tratando de acallar su corazón. Porque sintió la necesidad, se dejó caer boca abajo en medio de ellas pero no logró apreciar el perfume: el maldito olor sanguíneo se aferraba a él.

Se quitó los guantes y miró sus manos con aprehensión. La línea de la vida de una de sus palmas era mucho más larga que la otra y se preguntó si la vida de un Hombre dependía de ello. Por supuesto, si las incontables personas que había matado lo creían, eso ya no importaba ahora...



Perfume.
Lavandas.
Imposible hasta hace un momento, a menos que...
Unas sombras bordearon su campo de visión y sonrió apenas.

"Así que decidió seguirme, a pesar de mi advertencia", pensó con un deje de tristeza. Por qué no podía entender que era mejor que él se alejara de su vida. Porque entonces, ya no tendría vida.

Con un solo, brusco y sorpresivo movimiento, sacó su katana y barrió el suelo en torno a él sin apenas incorporarse. Eran nada más que tres y por lo visto no tan buenos; uno casi perdió un pie y otro cayó de espaldas por la violencia de su retirada para evitar el corte. El tercero, que estaba a sus espaldas, parecía el mejorcito.
¿Era casualidad que el perfume a lavandas surgiera de aquel ninja encapuchado?

-¡¡Maldito!! ¡¡Maldita bestia!! -chilló, lanzándose hacia adelante.

Él se corrió apenas, de modo que su atacante pasó de largo y cayó de rodillas más adelante. Movió la mano con la katana y ensartó al tipo que se había caído hacia atrás y que había empezado a levantarse de nuevo sólo para morir ahora de forma rápida.

Sin apenas mirarlo, sacó la espada de su cuerpo y se dispuso a matar al que permanecía de rodillas. Un poco más allá, aún se revolcaba de dolor el que casi había perdido su pie.

-Adiós, pequeña Kairi -dijo en un susurro.

Ella se volvió y él tuvo que hacer el peor esfuerzo de toda su vida para no caer bajo el hechizo de esos cálidos ojos almendrados e inocentes, sólo que no se dio cuenta de ello hasta que lo hizo. Esos ojos estaban llorando y reflejaban un corazón roto y vulnerable. Esos ojos habían iluminado unos pocos, pero beatos días y habían sabido mostrarle lo que él nunca había sabido ver de bueno en él.

Sacudió la cabeza y con un golpe, apagó esa mirada. La sangre cálida lo salpicó... pero todo olía a lavandas.

-Es lo mejor que puedo hacer por ti ahora... Para que dejes de atormentarte.

Miró de soslayo al que seguía con vida; era apenas un guiñapo lloroso y sufriente. No le debía nada a ese, después de todo ni siquiera había llegado a alzar la mano contra él, de otro modo, también estaría muerto.

Le dio la espalda, alejándose. Antes de dar el cuarto paso se dio cuenta de su error, quizás el único de toda su vida... No. El segundo; el primero había sido Kairi.

Una cuerda tensada, un silbido, un chasquido. Miró su propio pecho y soltó una risita mientras admiraba la flor que iba creciendo sobre el chaleco de cuero negro, del lado del corazón.

Un error imperdonable, un error mortal... ¿un error añorado? Un error que había comenzado el día que Kairi se cruzó en su camino.

Se dejó caer de nuevo y miró los botones de oro del campo. No vio allí la única flor cuyo aroma le había sido permitido sentir, la única que se había atrevido a cortar, la única… que debió dejar intacta. Ni siquiera estaba ya a sus espaldas, en el cuerpecito delicado y sin vida. Sin embargo su perfume seguía allí, a pesar de la sangre derramada. A pesar de que el murió unos minutos después.


2008