3 de marzo de 2019

La sombra del Licántropo III




Durante la mañana, Fert comentó que había visto un can sobrealimentado por la campiña y que le daba mala espina.

—Me pregunto si no sería ese licántropo... Guruncagan... —aventuró.

Líriel dio un violento respingo y volcó su leche, mientras que Baranor empezó a toser, atragantado.

—¿Qué os pasa a vosotros? —los regañó Varzan y miró a su mujer para que viera que sí los retaba cuando debía. Después se volvió a Fert— Tu, inútil, es Gaurcaran, ¿entendido? Y no puede ser, porque ya no hay licántropos en esta tierra. ¡Antes, yo soy Enriqueta de la Colonia! Acaso fuera algún lobo perdido...

Fert se encogió de hombros.

—Yo no sé. Sólo decía. En este mundo, todo es posible, ¿No, pequeño Bar? —preguntó, dándole un codazo a Narmo, quien soltó la risotada.

Baranor escondió la cara en su tazón de leche para que no vieran que se había puesto roja. No pasó mucho antes de que toda la Compañía se enterara de que Baranor asegurara ver a un licántropo. Más tarde, Harith lo regañó por meterle ideas a su hermana. Después de todo, él era el mayor y estaba claro que todo aquel cuento era suyo. También regañó a Tarco por contar estupideces por la noche, asustando a sus hijos.

—Lo siento... —se disculpó Lir con Bar cuando fueron a lavar los trastos del almuerzo. Él no contestó enseguida.

—Eso no es lo importante ahora —suspiró— Nosotros sabemos la verdad; deberíamos intentar tratar de arreglarlo. No me importa si los demás nunca se enteran de que teníamos razón.

—Es verdad... Gaurcaran mató a mucha gente y estoy segura de que lo volverá a hacer para vengarse de que lo encerraran... —Se quedó callada un momento, mientras rasqueteaba una sartén. Baranor se distrajo viendo una rana y la imaginó con los calzones de Fert. Al tomar una piedra para concentrar su fastidio en ella, se detuvo y contempló un momento el guijarro. Miró a su hermana al mismo tiempo que ella lo miró a él.

—¡Esa piedra! —dijo Lir, asintiendo— Tenemos que devolverla a su sitio, junto con Gaurcaran.

—Si, pero no sabemos cómo usarla.

—Soy un elfo ¿recuerdas? Ya se me ocurrirá algo —se encogió de hombros— Pero hay que pensar en cómo atraer al licántropo a su prisión de nuevo.

—Bueno, tú encárgate de averiguar cómo usar la piedra y yo pensaré en el plan.

—Tiene que ser pronto, porque oí decir a padre que nos iríamos en unos días, cuando pase la tormenta que se avecina— avisó Lir con urgencia.

—Bien. Tú has lo tuyo.

Luego de un rato de tratar de concentrase, Baranor desistió y vio que Líriel juntaba guijarros.

—¿Para qué juntas eso? ¿Se te ha ocurrido algo?

—Nop. Pero estas piedras son lindas...

—¡Así no resolveremos nada! —se disgustó Bar. Enseguida, resopló— No vamos a lograrlo solos. Tendremos que pedir ayuda a alguien.

—Sí, pero ¿a quién? ¿Olvidas que se burlaron de nosotros...? Bah... de ti... —se corrigió.

—¡Hum!



—Los niños están demasiado tranquilos. Me da mala espina... —comentó Viur con Tarco.

—Lo noté. Pareciera que planean algo... Quizás le hagan algo a ese bocotas de Fert, después de todo, Bar estaba furioso con él.

—Pues no sé... ¿Sabes? Vi unas huellas enormes cerca del campamento, como de perro lobo.

—No creerás tú también que Gaurcaran halla vuelto, verdad... —Tarco la miró con sorna— Era una historia para asustar a los niños...

—Sí, bueno, pero, ¿acaso se sabe qué fue del último licántropo? Yo no he oído nada de él, luego de la Matanza del Este donde lideró a esa manada de lobos grises... ¿Es cierto lo que dice Varzan? No lo sé...

—Siempre hay algo de verdad en las afirmaciones —Tarco se encogió de hombros— Aunque sea, un trozo de ella, según lo ve Varzan. De todas formas, habría que preguntarle a los elfos, ellos lo saben todo.

—Sí, y lo mismo podría esperar que lluevan manzanas, antes de encontrar a alguno dispuesto a charlar en estos días—Miró con hastío las patatas que pelaba para Harith. Esa no era su idea de pertenecer a una Compañía de Mercenarios.

—Si me disculpas, allá esta Vorlan pretendiendo ser el luchador del año; voy a fastidiarle —anunció Tarco, levantándose. Él ya había acabado con sus patatas... aunque las había dejado dos tercios más pequeñas de lo que eran.

—Sólo una cosa más —lo retuvo ella— Mide lo que dices frente a los niños —advirtió levantando su navaja amenazadoramente— Ellos son muy crédulos y no distinguen la diferencia entre realidad y mentira.

—Prefiero creer que las mentiras son fantasías, Viur.

—¡Dices eso sólo para no admitir que eres un reverendo embustero! Luego no te quejes de que Harith te esté regañando...

Tarco fingió que no la oía y se alejó de su rubia amiga, canturreando y pensando en alguna broma qué gastar al engreído Vorlan. Viur miró al cielo. En aquella compañía no parecía existir ningún hombre maduro y Baranor iba camino a ser como todos ellos.

Una manita le tironeó de la túnica. Era el niño, precisamente. Líriel estaba unos pasos por detrás de él.

—Viur...

—¿Qué pasa?

—Tenemos algo que pedirte...

Tras oír la pequeña historia, Viur hizo un esfuerzo sobrehumano por no reírse. Obviamente, para los niños aquel asunto era muy serio y no quiso ofenderlos. Ya se habían burlado lo suficiente por hoy.

—Bueno, ¿estáis completamente seguros de lo que decís? —preguntó— Esto es algo grave...

—Era él —afirmó Lir

—Mostradme la pepita... —pidió Viur, tendiendo la mano. Lir rebuscó en su bolsa y sacándola, se la dio. Viur apreció que era algo más pesada de lo que parecía— No es la gran cosa... —opinó.

—Pues a mí me late cuando la tomo —repuso Lir—Y sentí que no debimos quitarla cuando lo hicimos...

—Entonces, por qué lo hiciste.

—Es que... —vaciló la pequeña, mirando de reojo al chico.

—Vamos, ¡Échame la culpa! —gruñó Baranor, cruzando los brazos.

—¡Sí, fue tu culpa, por ambicioso! ¡Tú querías...!

—¡Bien, bien! Peleaos justo ahora y cualquier cosa que hagáis fracasará —los regañó Viur— Si queréis que funcione, habrá que olvidar eso y arreglar las cosas. Si no, no os ayudaré. ¿Vale?

—... Vale... —dijeron cabizbajos.

—Para empezar, esperad a que termine con estas patatas...



Luego del almuerzo, Viur pidió permiso a Harith (pedirlo a Varzan hubiera sido una pérdida de tiempo, pues él la derivaría a su mujer de todas formas), y se alejó con los niños rumbo a las montañas. Iban armados como para un asalto. Harith pensó que irían a entrenar o jugarían a atacar a algún enemigo. O acaso pensaran cazar algo grande para la cena; Bar siempre estaba hablando de ese gamo...

—Buena chica, esa Viur—comentó en voz alta— Tan buena que espero que no busque marido entre alguno de vosotros...

—¿Y eso por qué? Yo soy bastante bueno para ella... —declaró Vorlan, acomodándose el jopo.

—Y yo soy Enriqueta de la Colonia... —se mofó Tarco— Ella sólo tiene ojos para mí.

—Soñar es gratis, dicen... —rió Mustan— ¡Sabéis que os gano en todo!

—Afortunado en el juego, desafortunado en el Amor. Y yo siempre pierdo, así que...

—¿Tú, Narmo? ¡No me hagas reír! Ella se ríe de mis chistes... ¿No es eso prueba suficiente? —sentenció Fert.

—¡Ya callaos todos! —regañó Harith— Y luego, no hagáis preguntas imbéciles, manga de escuerzos artrópodos...

Cuando Harith se alejó un poco, Mustan dio un codazo a Tarco.

—¿Qué es... eso que dijo?

—¡Concentración de músculos sin cerebro! ¡Averígualo tú esta vez! —replicó— Luego me dices qué es...



En el sendero podían vislumbrarse unas enormes huellas de perro. Viur las miró ceñuda y fingió no notar el escalofrío de Líriel. El aire se estaba cargando de humedad y el cielo se oscurecía. Algunas aves empezaron a chillar, acaso llamando a sus crías al nido. Habían elegido ese momento pues, según Viur, la lluvia evitaría que el licántropo los olfateara.

El gran Gamo pasó cerca de allí y se detuvo un momento a observarlos. Baranor fingió no haberlo visto, pero tuvo que hacer un enorme esfuerzo para resistir el impulso de tensar el arco. Delante de ellos, se alzaron las Ered Luin, negras a causa de la poca luz. Allí acababan los árboles.

—Será una tormenta dura, pero rápida... —opinó Viur mirando al cielo.

Arribaron a donde estaba el derrumbe. La abertura que había quedado no era demasiado grande, aunque una persona adulta podía pasar agachándose apenas. Viur asomó un poco y enseguida saltó afuera. Un gruñido la había alarmado.

—Se suponía que no estaría en casa... —siseó —Será mejor que regresemos... ¡Oh!

Un enorme perro gris oscuro saltó sobre su espalda y la derribó, justo cuando sonó un horrible estampido en el cielo, que apagó el chillido de Lir. Baranor sacó su arco y se aprestó a disparar, aunque no llegó a hacerlo.

—¡Fëafaroth, aquí!—ordenó una voz nueva, fuerte y clara. Lir se volvió y vio que junto a Baranor había un hombre alto, cubierto con un capuchón gris y semblante severo.

—¿Fëafaroth? —preguntaron los niños, desconcertados. ¿Entonces, no era Gaurcaran...?

—Sí. Fëafaroth o Espíritu Cazador en vuestra lengua... —respondió el misterioso hombre, acariciando la testuz del animal.

—¿Es vuestro el... licántropo? —preguntó Líriel, atragantándose.

—¿Licántropo, decís? —El hombre no supo si reírse o molestarse— ¡Sólo un ser Oscuro se aliaría con semejantes criaturas! Y yo no lo soy, al contrario. —Se quitó la capucha gris, dejando ver unas orejas puntiagudas asomar por entre su cabello negro y lacio— Fëafaroth es un perro lobo del norte y créeme, ¡no se asemeja en nada a un licántropo! Aunque ya no hay muchos del tamaño de Fëafaroth...

—Pu... pues, ¿qué hacía encerrado dentro de la cueva? —insistió Baranor— Estoy seguro de que estaba allí por alguna razón...

Fëafaroth se recostó y se lamió las patas. En esa postura, no parecía tan fiero como hacía un rato o como la noche antes.

—¡Por supuesto! —El elfo ayudó a Viur a levantarse— Él vive en mi casa: Le gusta dormir de este lado.

—¿Llamáis a eso casa? —frunció la nariz Líriel.

—¡No está terminada! —respondió con aire ofendido, apartándose de Viur. Sin duda consideraba un par de maleducados a aquellos niños y acaso veía en Viur a una de las responsables— Además, esta es la parte trasera... ¡Cada uno vive donde puede! ¿Por ventura habéis visto adentro? Está quedando muy bien y... —De repente frunció más el ceño y se cruzó de brazos— Se me hacéis conocidos... ¿Qué no sois ese par que merodea por aquí desde hace semanas?

—Eh...

—Grande siempre os está mencionando y sospecho que sois los responsables de que mi puerta trasera se derrumbara...

—¿Puerta...? —repitieron Lir y Baranor, nerviosos.

—Efectivamente. Y tú —señaló a Líriel— eres uno de los míos... Sin duda, fuiste quién quitó el sello que la sostenía. Nadie más pudo hacerlo...

—Yo... yo... —balbuceó Lir, perturbada. Enseguida asomaron unas lagrimitas de sus ojos grises— ¡Íbamos a devolverlo justo ahora!

—Ella no lo hizo adrede, Maese... —la defendió Viur apresuradamente— Apenas sí sabe que es un elfo como para haber previsto lo que...

—No os preocupéis —interrumpió el elfo, amablemente, comprendiendo— De todos modos, esa puerta no estaba terminada, o sino, no se habría derrumbado. —Y añadió, mesándose la barbilla, con lógica— Pero sus disculpas no la levantarán y tendré que empezarla de nuevo...

—Y los niños te ayudarán a repararla —agregó Varzan, apareciendo de detrás de un grueso roble.

Baranor y Líriel palidecieron momentáneamente.

—Padre, nosotros no quisimos... —se adelantó el niño.

—Fue mi culpa, pero... —dijo Lir a la vez.

—Oh, sí. Acabo de comprender todo ese lío del licántropo —acalló Varzan. Se volvió al elfo— ¿Qué cuentas, viejo buen Angael?

—Pues ya ves: uno busca un sitio tranquilo donde establecerse y aún así... —suspiró para dar más énfasis a sus palabras, pero enseguida sonrió—¿Ella es la niñita que encontraste en Dol Ninquetarma? Oí los rumores... Esos lirios blancos de su cima no han sido los mismos desde entonces: Ahora tienen manchas rojas y hablan de tristeza...

—Sí. Líriel... —Varzan miró a su hijita con cierta dulzura, pero enseguida volvió a su anterior expresión de enojo.

—¿Líriel? —preguntó Angael— ¿Es por los lirios? Porque no es un nombre élfico, si algo conozco de nombres...

—Tenía que arreglármelas y tú te habías ido hacía tiempo. Lo inventé, aunque no me rebané los sesos en ello...

—Es un bonito nombre, de todas formas... —concedió Angael. Miró al chico— y tú debes ser Baranor, entonces... el que encontramos en aquella pila llena de óleos. ¡Sí que has cambiado! Aunque reconozco ese lunar de tu brazo... Fue el destino quien quiso que Gaurcaran no te olfateara entre esos perfumes... —recordó, mirando con los ojos del pasado.

—¿Usted estaba ahí? —se animó a preguntar Bar.

—Sí... Formé parte de la Compañía Faranor, padre de Varzan.

—Pues no se ve tan viejo como él... —observó Lir sin una pizca de tacto.

—Eso es porque es un elfo —replicó Varzan como si eso lo explicara todo. Se volvió a Baranor— Angael te curó, pero seguro no te acuerdas, porque eras muy pequeño. ¿No te conté que Gaurcaran respiró su aliento venenoso cerca de donde tus padres te habían ocultado? Pues hubieses muerto como ellos de no ser por él.

—En fin, ya puedo reconocer ahora que estos son tus hijos... Hay, recién lo noto, como un aura a su alrededor—admitió Angael— Imagino que te han dado problemas a ti también desde entonces: ¡Te dije que ser padre no sería fácil!

—Y que lo digas —asintió Varzan, mirando a los niños con el ceño fruncido— Tenemos muchas cosas de qué hablar... ¡Y pensar que hace semanas que acampo por aquí y no te dignaste salir a saludarme, cretino!

—Dispensa, no lo sabía. He estado tan ocupado allá abajo, construyendo, —señaló el suelo con un gesto de la cabeza— que simplemente paso por alto algunos chismes. Alguien mencionó que un grupo de Mercenarios andaba por aquí, pero no imaginé que sería tu Compañía, precisamente. ¡De nuevo lo siento, Varzan! Soy un distraído... Aunque si advertí la presencia de tus hijos, especialmente cuando tiraron abajo mi puerta...

—¡Te perdono, no te preocupes! —Varzan le dio una palmada dislocadora en el hombro— Sólo porque eres mi amigo y porque mis hijos estropearon algo de tu propiedad y me siento avergonzado... Pero explícame: ¿Por qué tu puerta se derrumbó de ese modo? —señaló todo aquel tiradero de guijarros y rocas.

—Ya dije que no la acabé. Como tuve complicaciones con otra parte de la casa, maese Darin, (el arquitecto enano que me ayudaba), me aconsejó que la abandonáramos de momento —explicó Angael— No podía dejar el boquete abierto, así que la tapamos un poco con unas piedras y yo las sostuve con el sello (que, por cierto, tu niña no me ha devuelto), para disimularla con el resto de rocas de la montaña. Había un modo de tomarlo sin que se derrumbara, pero obviamente, Líriel no lo conocía y quitó el sello sin más.—se encogió de hombros— Puedo repararlo y, mientras tanto, puse a Fëafaroth a vigilar el boquete... Realmente, no es algo para castigarlos...

—Eso lo decidiré yo... —gruñó Varzan, acariciando su cinto y mirando de nuevo a los dos niños. Éstos se miraron intranquilos.

—Jefe... ¿No cree que han tenido bastante con el susto? —intervino Viur con cuidado— Están arrepentidos...

—¡Quizás, pero eso no arreglará este desastre! Ven, Angael, decidiremos qué hacer con este par de revoltosos... Viur, tú ve al campamento y dile a Harith que volveré con los niños para la cena —ordenó.

—Este... —vaciló ella al ver las miradas suplicantes de Baranor y Líriel. Pero Varzan se interpuso en su campo de visión, ceñudo y ella se irguió— ¡Sí, señor!

Hizo la venia y ya se alejaba, cuando Angael la llamó.

—Señora, sabed que aún hay algunos elfos bien dispuestos a una buena conversación. Podéis venir cuando queráis con vuestros amigos.

Viur asintió, enrojeciendo y se alejó al trote.

—Bien —dijo Varzan— ¿Dónde estábamos...?

Bar y Lir se miraron angustiados y tragaron saliva.



—No ha sido tan malo, después de todo... —refunfuñó Baranor, restregándose una nalga adolorida.

—Aún falta que madre lo sepa —suspiró Lir. Rascó las orejas del perro negro, a su lado— A la luz del día, no se ve tan fiero como anoche... —observó— Me alegra mucho que no fueras Gaurcaran... —le dijo a Fëafaroth.

—No querría ser su presa de caza, de todos modos —Bar estiró las piernas y se acostó de cara al cielo— Gauracaran es sólo un viejo recuerdo... Aunque Angael no nos confirmó el cuento de que está encerrado...

—Es Gaurcaran —corrigió Lir— Podrías aprendértelo de una buena vez, Bar. No es tan difícil...

El niño hizo un gesto de fastidio.

—Ya no importa... Pero, oye, ¿Crees que padre hablaba en serio?

—¿Cuando dijo lo de quedarnos con maese Angael? —adivinó Lir— Supongo que sí... Hace tiempo lo oí hablar con madre sobre algo de eso. Dijo que sería bueno que yo pasara un tiempo con los elfos para aprender cosas sobre... mi gente. Es una buena oportunidad, supongo...

—Bien, reparar una puerta no es mi idea de aprender cosas sobre ellos, pero, a mí me gustaría quedarme. Ellos saben ser sigilosos y eso me serviría para cazar a Grande. Sólo necesito observarlos...

—¡Todavía molestas con eso! —se irritó Lir.

—¡Tu comida no huye!

—¡Vamos! Aunque fueras vegetariano, tratarías de cazarlo y lo sabes... —lo acusó.

—¡Por supuesto! ¿Pretendes que me ponga un par de zanahorias en el yelmo? ¡Ni que fuera Enriqueta de la Colonia!

Líriel abrió la boca para rebatirle pero, frunciendo el ceño, se detuvo, pensativa. Fëafaroth le lamió la manita, pidiendo más caricias.

—Hay algo que hace tiempo quería preguntarte... —dijo al fin ella.

—Dime...

—¿Quién cuernos es Enriqueta de la Colonia...?

27 / 07 / 2006

1 de marzo de 2019

La sombra del Licántropo II



Anochecía en las praderas de Ossiriand cuando las fogatas se encendieron desperdigadas para saludar a las estrellas. En algún lugar, alguien entonaba una balada para la Señora de todas ellas; sin duda algún elfo errante, pensó Varzan. Harith se acercó, ajena a la magia de la puesta del sol.

—¿Acaso nadie sabe la hora de la cena? —preguntó en tren de despotricar— ¡Ni tus hombres ni tus hijos tienen la disciplina necesaria! Si mañana se repite, juro que no cenarán... ¡Y tú tampoco!

—Hum... Ven aquí, Harith... Admira conmigo el paisaje... ¿No es lo más bello que hayas visto?

—Supongo que sí... Sólo espero que yo haya sido lo más bello que tú hayas visto... ¿eh? —Harith le dio un codazo cariñoso en las costillas y él debió simular una sonrisa. Ella no sabía medir su fuerza y seguramente luego tendría un moretón...

Esa noche, cuando todos estuvieron reunidos por fin junto al fuego, Tarco les contó historias sobre Gaurcaran, un licántropo que había huido de la ruina de Tol- in- Gaurhoth hacia el este de las Ered Luin. Nadie supo qué fue de él aunque mucho se habló de la desolación que había dejado tras de sí. Se contaba que su pelambre era rojo a causa de la sangre de sus víctimas. Los dos pequeños que escuchaban atentos, habían sido sobrevivientes de su matanza. Por eso, no sólo tenían en común que aquel ser les hubiese privado de sus familias sino también que Varzan y Harith les hubiesen hallado y criado... además de su amor por las historias.

Según Varzan, su amigo Angael lo había sellado en una cueva hasta el fin de los tiempos.

—Los sellos que los elfos crean, sólo ellos los pueden manipular como se debe y no creo que ninguno vaya soltarlo, así que...

—Anoche dijisteis que fue un vampiro lo que encerró hasta el fin de los tiempos —replicó Viur, una mujer llena de tatuajes, escéptica— Y hace varias semanas atrás, fue un Balrog. ¿Acaso los tienen a todos allí, sellados?

—Seguramente no quería que se sintiera solo... —rió Fert, medio achispado por la bebida— ¿Qué más habría? ¿Trolls? ¡Orcos trovadores! ¡Ja ja! —rió, mostrando los dientes chuecos, contagiando a muchos sólo por ver la expresión boba de su cara. Varzan enrojeció de rabia.

—¡No he dicho que los encerrara en el mismo sitio! —gritó, escupiendo. Los que tenía más cerca se secaron la cara disimuladamente— Además... Además...

—¡Bien, bien; ese es el ejemplo que quiero para mis hijos! Te he dicho que no te pases con las mentiras, Varzan —señaló Harith, con expresión de fastidio— Luego, no te quejes si no te toman en serio... ¡Qué va! ¡Eso explica la falta de disciplina que mencioné hoy! —Se puso de pie bruscamente y miró a la veintena de guerreros como si pudiera fundirlos con los ojos— Y vosotros sois todos cómplices, por tanto, hoy no habrá postre...

—¡Eso no es justo! —replicaron varios.

—Harith... —empezó Varzan.

—¡Nada! ¡A dormir! —cortó ella con un gesto brusco— Tú, Narmo, haces la primera guardia y seguirá Fert, por bocotas. ¡Buenas Noches! —Y se retiró.

—A veces me pregunto quién es realmente el jefe de la Compañía... —comentó Tarco a Viur.

—Detrás de un gran hombre siempre habrá una mujer —replicó ella con una sonrisita irónica.

—Cállate... ¿Quieres?

—¡Silencio ahí fuera! —gruñó Varzan desde dentro de su tienda.



Lir y Bar se quedaron todavía un rato despiertos. Dormían bajo las estrellas junto al resto de los guerreros, pues la noche estaba templada y era agradable mirar al cielo.

—¿Crees que fuera una mentira todo lo que contaron? —preguntó ella a su hermano.

—¿Qué es verdad y qué es mentira? —se encogió de hombros Bar— Tarco dice que en estos tiempos nunca se sabe... Acaso Guracanga nunca existió...

—Sí, claro. Entonces ¿qué hacemos aquí? ¿Quién mató a tus padres y a los míos? ¡Y es Gaurcaran!

—No sé, puede haber sido una excusa para no explicar algo más complicado. Y si existió... ¿Cómo sabemos que no escapó de su prisión, si es que lo encerraron? ¡Buenas Noches!

—Buenas...

De repente Lir se sentó. Sus orejas puntiagudas habían captado algo. Bar abrió los ojos.

—¿Lir?

—Escucho unos como gruñidos...

—Debe ser algún lobo perdido o un perro... —Se le iluminó la mirada— ¿Quieres que vayamos a ver? Realmente no tengo sueño...

—De acuerdo...

Se vistieron y ocultaron una pequeña daga en cada bota; después, rellenaron un poco sus mantas. Narmo los interceptó cuando los vio caminando.

—La naturaleza llama —mintió descaradamente Bar, con su mejor cara de no aguantar mucho.

—¿A ambos? —sospechó Narmo.

—Tú sabes lo miedoso que es Bar por la noche... —dijo Lir— Si moja las mantas, madre lo regañará y tendremos que decirle que tú...

—Ya, vale... pero no tardéis mucho y blablabla: ya sabéis el resto.

—¡Volveremos pronto y sin que lo notes! —asintieron al unísono.

Cuando Narmo se dio la vuelta, corrieron hasta perderse tras unos arbustos. A un rato de caminar, llegaron a las paredes de las montañas.

—Es por aquí, puedo ver sus huellas... —indicó Líriel, apoyándose en las rocas.

—Espero que no te equivoques... —farfulló Bar, cuya subida lo estaba dejando sin aliento. Líriel siempre había sido más ligera que él. —¿Ya no lo escuchas?

—No... —Ella se quedó de pie con el ceño fruncido— Quizás nos está esperando...

Bar se encogió de hombros y la empujó para que siguiera caminando. Por si acaso, sacó su daga y tomó la mano de su hermanita.

—¿Tienes miedo? —siseó Lir.

—Nop... Pero si nos pasara algo y madre ve que no estaba contigo, se va a fastidiar. Si nos encuentran muertos, más vale que sea uno al lado del otro, ¿no crees? —forzó una risita.

—Estúpido —refunfuñó ella, dándole un codazo. Bar pensó que Lir ya empezaba a hablar igual que Harith.

Estaba oscuro como alma de orco ahora y a la niña le costó distinguir nada. Pero se sentía un olor a humedad y encierro.

—Creo que hay una cueva justo enfrente de nosotros...

—... ¿Qué no es este el sitio donde estuvimos hoy? —recordó de pronto Bar, sintiendo que se le ponía la piel de gallina. Tenía un mal presentimiento, aunque era cierto que apenas distinguía nada, creía reconocer aquel saliente—¿Tienes alguna idea de qué animal oíste gruñir?

—¿En qué piensas? —se alarmó ella.

—Tarco dijo que Garuncaries fue encerrado y sellado en estas montañas...

—Padre lo dijo. Y es Gaurcaran —corrigió Lir— ¿Y qué? —Se agachó hacia delante para tratar de percibir algo más. Le parecía oír un gañido lejano.

—Pues.. que nosotros... hoy...

Lir se volvió y lo miró, expectante. Enseguida comprendió a qué se refería. Trató de reírse, aunque empezaba a ponerse nerviosa.

—No creo que... —empezó a decir en tono superficialmente despreocupado, cuando percibió algo y se mordió la lengua. Era el gruñido de un canino... o de un lobo... ¿o de un licántropo? Justo detrás de ella, en esa cueva. Y estaba furioso.

Baranor no llegó a oírlo, pero olió el miedo de su hermanita y le pareció ver el brillo de unos ojos ambarinos por encima del hombro de ella. Sin mediar una palabra, (una mirada bastaba) acordaron echar a correr cuesta abajo. Trastabillaron y se rasparon con incontables ramas, pero los ladridos detrás de ellos, demasiado cerca como para sentirse seguros, los arengaban a seguir.

Salían de la arboleda cuando Bar tropezó y Líriel, sin poder frenar a tiempo, lo arroyó. Rodaron cuesta abajo el trecho que los separaba del campamento hasta que Narmo los interceptó por segunda vez.

—¡Muy lindo... muy lindo! ¿Qué, no se suponía que volverían sin que yo lo notara? —preguntó, entre ceñudo y divertido, ayudándolos a levantarse— ¡Apuesto que todo Lindon lo notó! Cualquiera diría que anduvieron donde no debían y... ¿Qué sucede? —Ahora que los veía bien, parecían asustados.

—¡U... un... Licántropo! —jadeó Lir, restregándose las rodillas adoloridas.

—Sí, cómo no... ¡Ya mismo os vais a dormir!

—¡Pero es verdad! —insistió Baranor— Nosotros lo... lo vimos... —aseguró con los ojos grandes como platos.

—¡Y yo soy Enriqueta de la Colonia! Esos monstruos desaparecieron hace décadas.

—¡Pero Tarco dijo...!

—Nada. Os vais a dormir, antes que llame a vuestra madre para que os regañe.

Ante esa amenaza, prefirieron obedecer. Harith enojada era alguien muy, muy desagradable. Sin embargo, Baranor se volvió, preocupado.

—De todas formas, ten cuidado, Narmo. No querría que te pasara nada...

Narmo los miró, serio, acaso conmovido por su preocupación.

—Bien. Si os tranquiliza, le avisaré a Fert cuando me releve... —asintió, empujándolos suavemente— Buenas noches. —Los niños no respondieron y se alejaron cabizbajos, echando miradas furtivas por sobre el hombro. Narmo los observó hasta que se metieron bajo sus respectivas mantas y siguió la ronda, sacudiendo la cabeza negativamente— Niños...



—No podré dormir... me duele todo el cuerpo... —se quejó Baranor, desde debajo de su edredón.

—Yo tampoco... Pero no me importa si me duele... —Líriel sorbió por la nariz— ¿Te das cuenta? Todo esto es mi culpa...

—¡No es cierto! Estamos juntos en esto, Lir.

—Padre dijo que los sellos que los elfos colocan sólo ellos los pueden manipular. ¡Y yo soy un elfo y saqué esa piedra verde de la pared de roca! Seguramente era un sello y liberé a ese...

—¡No sabíamos! Además, quizás nos equivocamos y Narmo tenga razón... —Aunque Bar no estaba muy seguro de ello, se aferró a la idea— Acaso fue casualidad que quitáramos ese guijarro brillante y... y...

—¿Y cayera toda esa pared luego? Sí, cómo no... ¡te digo que era un sello!... Y todo por culpa de ese estúpido gamo que tu querías...

—¡Oye, eso no tiene nada que...!

—¡A callar ahí! ¡Ser hijos del jefe no os da derecho a gritonear por la noche! —refunfuñó la voz de Vorlan.

Líriel y Baranor se miraron con veneno y, dándose la espalda deliberadamente, intentaron dormir.




continúa en... Licántropo III

28 de febrero de 2019

La sombra del Licántropo I


Líriel estaba complacida. Se le notaba en el rostro. Pero también notaba tu cansancio a pesar que no estás en disposición de dormir. Pero tu rostro aparece soñoliento por momentos. Tú mismo tienes que admitirlo en voz alta.

-Puesto que ya he hablado, creo que debo dormir... sin embargo quisiera oírte. Sete ve en e rostro que sabes muchas historias.

-Haré una cosa -dijo ella den cambio- Mientras te recuestas, te contaré una historia... de mi infancia. Si te duermes, luego te contaré el resto, si es que sigues interesado... ¿Qué te parece?

- Me parece que tenemos un trato.
Líriel se acomoda mientras te señala un rincón lleno de mantas. Y comienza...





Corrían por la pequeña arboleda, persiguiéndolo con los arcos prestos, pero el Gran Gamo no ponía mucho esfuerzo por huir; estaba divirtiéndose en grande y hacía algunas cabriolas para demostrarlo. Esto molestó a sus dos jóvenes perseguidores, que aceleraron el paso, a pesar de que ya les costaba respirar un poco. Uno de ellos disparó cuando el Grande amagó con desviarse de la ruta que ellos querían que tomara.

Llegaban a las paredes azules de las montañas cuando el Grande decidió que la persecución ya había durado suficiente. Tenía crías que atender y su mujer lo regañaría si no les daba la cena. Había sido divertido, empero.

Frenó bruscamente y, hundiendo las astas en el camino, las levantó cuando ellos estuvieron cerca, arrojando tierra a la cara de uno. El otro se lanzó a su cuello, pero un movimiento violento del Grande lo arrojó contra la pared de roca. Cuando recuperó algo de aire y logró sentarse, ya el Grande se alejaba a los saltitos por entre la maleza, altivo. Maldijo, atrayendo la atención del otro niño.

—¿E... estás bien? —preguntó Líriel, restregándose los ojos— ¿Te pateó?

—¡No estaría vivo...! —repuso Baranor, un tío pecoso de pelo castaño, hombros anchos y los pies tan bien plantados que parecería un Enano, si no fuera demasiado alto para el equivalente a su edad. Estaba fastidiado y, levantándose, se sacudió el polvo— ¿Cómo están tus ojos? —preguntó cambiando el tono a uno más amable.

—Me arden... La tierra de aquí trae sal... Pienso que quiso darnos una lección —Lo miró entre parpadeos y suspiró— Por mí, ya aprendí y lo dejaré en paz —agregó. Era la séptima vez que fallaban en su intento de cazar al Grande.

—Si lo que tú comes huyera de ti, no dirías lo mismo —protestó él.

—Puedes cazar conejos... o ardillas... —replicó tranquilamente.

—¡No! Quiero ese Gamo.

—¡Bah! —Líriel dejó caer los hombros y se quitó el capuchón para apartar los castaños flequillos— En serio, Bar... Habrá que buscar otra cosa... ¡Y no vengas con que es por comida! —alzó la voz, al ver que él iba a replicar— ¡Sé que en realidad pretendes adornar tu yelmo con su cornamenta!

—Bueno... ¡Pero también quiero comerlo...! —se sonrojó Bar— Vamos, Lir... ¡Sólo una vez más!

—Un jabalí no es tan malo para tu yelmo... —opinó ella.

—¡Soy hijo del jefe! Necesito algo mejor que eso...

—Él tardó décadas en conseguir los cuernos del gigante y eso que es mucho mejor que tú. ¿Te crees más listo? Además, también soy su hija; debería tener uno bueno también y no ando lloriqueando por ello...

—Pues ni modo, ¡Eres niña! A ustedes no les quedan bien... —opinó— Mejor busca un par de alas...

—¡Alas! Qué ridículo... —despreció ella, dándole la espalda y alejándose.

—Sí... Pensándolo bien, no las necesitas —Bar sonrió con sorna— Tus orejas ya son lo bastante grandes...

—¡¡Eres un... un...!! —Ella regresó corriendo y lo embistió. Empezaron a pegarse, hasta que Líriel dejó suspendido un puño en el aire sin llegar a propinar el tortazo que Baranor estaba esperando. Había visto algo.

—¿Qué pasa? —le preguntó Baranor.

—Allá... —señaló ella. Bar parpadeó y vio el reflejo verde en la pared de roca. Se acercaron— ¿Será un... un...?

—Mmm... no sé... —Bar se quitó el yelmo, que le impedía ver bien, y limpió la piedrecita. Parecía un brillante de esos que vendían en los mercados, engastados en bonitos broches. Estaba sucio y enterrado en la pared de la montaña.

—Si no me equivoco —observó Lir— aquí te lanzó el Gamo. Supongo que la desempolvaste con tu espalda al chocar... Si no, la hubiese visto ayer cuando planeábamos todo aquí.

—Ayúdame a sacarla.

Ella asintió, aunque no estaba segura de que fuera buena idea. Ayudados con una daga y una flecha, rascaron la roca alrededor del objeto hasta que, con movimiento de palanca, Lir acabó de quitarla. Le pareció sentir un ligerísimo temblor bajo sus pies, pero resistió el impulso de ponerla de nuevo en su sitio.

—¿Sentiste eso? —preguntó, cuando Bar le pidió la piedra para admirarla. Era suave al tacto.

—Fue mi estómago ¡Tengo hambre! ¿Crees que haya más? —Tanteó el resto de la pared, esperanzado.

—Quizá, aunque... deben estar más tapadas... Volvamos, Bar —pidió, intranquila— Sería inútil buscarlas si no sabemos dónde.

—Bueno... —Empezaron a alejarse— De todas formas, ¿qué haremos con ella?

—Puedo quedármela si no la quieres... —aventuró Lir.

—¡Ni de broma! Primero vamos al mercado para ver si tiene algún valor y luego decidimos qué hacerle. Lo echamos a suertes si no lo decidimos...

—... ... Vale... ¡Pero yo la guardaré, ya que la vi primero!

—De acuerdo... ¡Ooops!

Ambos cayeron de bruces al suelo por un violento estruendo tras ellos. Mirando por sobre el hombro, vieron que la pared junto a la que estuvieron se había derrumbado y una cortina de polvo flotaba en torno. Lir se puso pálida y Bar se estremeció. Quizás se imaginaron bajo esos escombros.

—Vámonos —ordenó a su hermanita, ayudándola a levantarse, aunque ella no necesitaba que se lo dijeran dos veces.

Por una excusa u otra, volvieron a ponerse a pelear mientras bajaban al campamento. Eso los ponía de mejor humor y les hizo olvidar el susto de hace un rato. Vorlan cortó su diversión sin miramientos, al llegar corriendo.

—¡Niños! ¡Niños! —les gritó, separándolos— Ya está bien... ¿Os dejo cinco minutos y termináis así? ¡Estáis hechos un desastre! —regañó.

—Sólo estuvimos entrenando... —se excusó Bar.

—Si, y yo soy Enriqueta de la Colonia... ¡Tirar así del cabello de tu hermana!

Líriel le tiró la lengua a Bar con expresión arrogante.

—Pues si quiere ser un guerrero como nosotros, tendrá que aguantárselas —replicó el muchacho.

—¡Ya no quiero oír nada! Harith os llama a cenar... —Vorlan se alejó caminando como si fuera el guerrero del año. Lir hizo mímica de él a sus espaldas y Bar no pudo evitar una risita. Vorlan se volvió con el ceño fruncido, aunque no vio nada raro.

—Mucho cuidado... —les advirtió venenosamente.

—¡No hemos hecho nada!—repuso Lir inocentemente.

—¡Hum! Andando...



continúa en...Licántropo II

26 de febrero de 2019

Flores


Sangre. Volvía a olerla encima de él, en su piel y en sus ropas oscuras. Por más que se bañara a diario -a veces más de una vez al día- el olor persistía, no había forma de librarse de su halo.

Estaba seguro de que las demás personas lo percibían, o de otro modo no lo rehuirían cada vez que pasaba por algún pueblo. ¡Ni siquiera un verdugo oficial tenía tanta capacidad de repelencia! O acaso era a causa de la oscuridad de su ropa, de su porte de mal agüero…

Salió de la carretera para internarse en el prado repleto de flores de botón de oro. Eran brillantes, como la cabellera dorada de Kairi... Suspiró, tratando de acallar su corazón. Porque sintió la necesidad, se dejó caer boca abajo en medio de ellas pero no logró apreciar el perfume: el maldito olor sanguíneo se aferraba a él.

Se quitó los guantes y miró sus manos con aprehensión. La línea de la vida de una de sus palmas era mucho más larga que la otra y se preguntó si la vida de un Hombre dependía de ello. Por supuesto, si las incontables personas que había matado lo creían, eso ya no importaba ahora...



Perfume.
Lavandas.
Imposible hasta hace un momento, a menos que...
Unas sombras bordearon su campo de visión y sonrió apenas.

"Así que decidió seguirme, a pesar de mi advertencia", pensó con un deje de tristeza. Por qué no podía entender que era mejor que él se alejara de su vida. Porque entonces, ya no tendría vida.

Con un solo, brusco y sorpresivo movimiento, sacó su katana y barrió el suelo en torno a él sin apenas incorporarse. Eran nada más que tres y por lo visto no tan buenos; uno casi perdió un pie y otro cayó de espaldas por la violencia de su retirada para evitar el corte. El tercero, que estaba a sus espaldas, parecía el mejorcito.
¿Era casualidad que el perfume a lavandas surgiera de aquel ninja encapuchado?

-¡¡Maldito!! ¡¡Maldita bestia!! -chilló, lanzándose hacia adelante.

Él se corrió apenas, de modo que su atacante pasó de largo y cayó de rodillas más adelante. Movió la mano con la katana y ensartó al tipo que se había caído hacia atrás y que había empezado a levantarse de nuevo sólo para morir ahora de forma rápida.

Sin apenas mirarlo, sacó la espada de su cuerpo y se dispuso a matar al que permanecía de rodillas. Un poco más allá, aún se revolcaba de dolor el que casi había perdido su pie.

-Adiós, pequeña Kairi -dijo en un susurro.

Ella se volvió y él tuvo que hacer el peor esfuerzo de toda su vida para no caer bajo el hechizo de esos cálidos ojos almendrados e inocentes, sólo que no se dio cuenta de ello hasta que lo hizo. Esos ojos estaban llorando y reflejaban un corazón roto y vulnerable. Esos ojos habían iluminado unos pocos, pero beatos días y habían sabido mostrarle lo que él nunca había sabido ver de bueno en él.

Sacudió la cabeza y con un golpe, apagó esa mirada. La sangre cálida lo salpicó... pero todo olía a lavandas.

-Es lo mejor que puedo hacer por ti ahora... Para que dejes de atormentarte.

Miró de soslayo al que seguía con vida; era apenas un guiñapo lloroso y sufriente. No le debía nada a ese, después de todo ni siquiera había llegado a alzar la mano contra él, de otro modo, también estaría muerto.

Le dio la espalda, alejándose. Antes de dar el cuarto paso se dio cuenta de su error, quizás el único de toda su vida... No. El segundo; el primero había sido Kairi.

Una cuerda tensada, un silbido, un chasquido. Miró su propio pecho y soltó una risita mientras admiraba la flor que iba creciendo sobre el chaleco de cuero negro, del lado del corazón.

Un error imperdonable, un error mortal... ¿un error añorado? Un error que había comenzado el día que Kairi se cruzó en su camino.

Se dejó caer de nuevo y miró los botones de oro del campo. No vio allí la única flor cuyo aroma le había sido permitido sentir, la única que se había atrevido a cortar, la única… que debió dejar intacta. Ni siquiera estaba ya a sus espaldas, en el cuerpecito delicado y sin vida. Sin embargo su perfume seguía allí, a pesar de la sangre derramada. A pesar de que el murió unos minutos después.


2008

20 de enero de 2019

La piedra




Silbando bajito, subió trotando por la calle, sin fijarse que hacía el ridículo. Qué más daba... ¡Que lo vieran! Estaba contento.

Hoy le había sonreído, hoy era feliz. ¿Mañana? No sabía, pero hoy... HOY, podía morirse tranquilo. Feliz.

Tropezó con un trozo de roca que lo hizo caer de rodillas. Esta vez, hoy, no se volvió a maldecir. Levantó la roca; era hermosa: bellas formas, perfectas en sus irregularidades. ¡Perfecta! ¿Tenía algo que ver que encontrara esa piedra perfecta justo hoy, que ella le había sonreído y que había recordado su nombre? Ni siquiera se lo planteó. Se la llevó a casa, sin notar la mirada perpleja de algunos mirones que lo habían visto caerse por azar y estaban prestos para reírse, (aunque no llegaron a hacerlo a causa de su actitud impensada, errónea y en extremo contraria a lo esperado. Había sido, quizás, muy descortés de su parte no darles oportunidad de burla y muchos siguieron su camino, meneando la cabeza, decepcionados. Ya habría algún otro desventurado con actitud menos optimista del que burlarse...)

Él llegó a casa, tarareando ahora, y buscó todas las hojas de pergamino que le quedaban. Y empezó a rascar el papel con su pluma de halcón entintada, volcando su corazón y su alma junto con los sonidos escritos de la manera más hermosa que nadie haya podido leer jamás ni leerá nunca. De vez en cuando, una catarata de risas se le escapaba de los labios y, abandonando la escritura, bailaba eufórico por el magro monoambiente y entonces, encontraba justo aquella palabra que, adosada a lo ya escrito, enriquecería y describiría mejor lo que sentía: el amor que era tan difícil de expresar y que henchía su corazón.

-Igualmente, ella lo comprenderá todo, pues hoy he visto su corazón a través de su bendita sonrisa, de sus sinceros e inocentes ojos. Aunque no me corresponda, debo decírselo… -y volvía a escribir.

Casi medianoche, cansado, se tendió en el suelo, mirando al techo tachonado de goteras -ahora secas- que para él eran hoy como estrellas.

Su vida, su alma, estaban en aquellos trozos de pergamino, porque la dama hoy, al sonreírle, al nombrarlo, al mirarlo, le había hecho el hombre más feliz y enriquecido de todos. Hoy, ella le había dado existencia, le había dejado ser; hoy había tenido sentido haber nacido. Hoy, ya no era un hombre triste que cantaba poemas y tragedias... hoy...


Se quedó dormido.




Esa mañana, a la dama se le envió un pulcro pero pobre cofre de roble sin pulir ni esmaltar. Su doncella lo recibió y se lo acercó, abriéndolo ante ella. Acaso si no hubiese manchado con el desayuno su camisón favorito, la noble dama hubiese sentido curiosidad sincera, hubiese notado la luz que salía de allí dentro... Pero en lugar de eso, se encontró con un feo trozo de piedra pulida que descansaba sobre un montón de viejos pergaminos escritos. Arrugó su naricita, decepcionada.

-Mi señora ¿qué es? -preguntó la doncella, echando una ojeada al contenido.

-Material para la chimenea- respondió ella, haciendo un gesto de desdén hacia el cofre. - ¿De quién decís que es?

-Del maese trovador que os cantó su tristeza ayer... no recuerdo el nombre... -se disculpó el correo.

-¿No es ese que siempre os espiaba desde el fondo del salón? -preguntó la doncella.

-Ah... sí, el de la bonita mirada... -recordó ella con una media sonrisa. Enseguida bostezó, aburrida- Envíale alguna cosa y dile que se presente esta tarde; tenemos un té con mi prima Priscila... Se morirá de envidia cuando vea que mi trovador es más lindo que el suyo…

-¿Dónde dejo el cofre, mi señora? -inquirió el sirviente.
-Lo dije claramente: chimenea. -señaló. Y volvió a mirar su arruinado camisón...




El trovador no se presentó al té con la prima Priscila. Había muerto aquella misma mañana.



2007

22 de diciembre de 2018

Corazón Enlatado



Nunca miraba a nadie. Ni siquiera una ojeada a los rostros, a los rasgos. Si acaso su mirada se cruzaba con la de cualquiera, sucedía por accidente y la apartaba de inmediato.

Así era más fácil no crear lazos de ningún tipo. Nada. Y podía matarlos sin piedad, en caso que fuera necesario.

Acostado miraba al cielo, pensando en nada, cosa que había hecho por muchos años. Pensar en los momentos de ocio, sólo traía distracción y él no podía darse ese lujo. Había que estar en guardia, no pensar en profundidad, vigilar, controlar el entorno.

Quizás, -si lo hubiese pensado- no tenía sentido vivir así, pendiente de los movimientos del mundo que lo rodeaba, sin relajarse nunca, sin disfrutar. Pero de esas dudas, ya no quedaban rastros. Ya no dolía lo que había dejado de ser; de hecho, ni siquiera lo recordaba.

Sintió una molestia y se palpó el pecho. Bah, maniobra inútil: tenía puesta la armadura. No había heridas allí, ni recordaba ningún golpe, de modo que la molestia se volvió irrelevante.

De repente, su montura (un dragón plateado espectacular), lanzó una advertencia. Él también estaba entrenado para estar en guardia.

El hombre se sentó y miró el paisaje. Allá venía subiendo ya la caravana que hacía rato presentía, a través de las vibraciones terrestres. Se puso en pie casi de un salto y adoptó una actitud marcial, la que ponía siempre delante de la gente: altiva, distante, soberbia... indiferente.

Tric... troc... tric... troc... Las carretas traqueteaban mientras ascendían el camino empedrado. Como era de esperarse, ni se molestó en observarlas. Hizo un cálculo mental del tiempo que tardarían en desaparecer tras la colina; ese tipo de pensamientos sí estaban permitidos, desde luego.

Cuando pasaron junto a su parada, -casi exacto en el tiempo que había calculado, vale decir-, cambió de postura, apartando la mirada del camino. El dragón soltó un chillido que enervó un poco a los caballos de la caravana, empero éstos no dejaron de avanzar. También estaban bien adiestrados, observó. Como él.

De repente, un niñito que venía detrás de una carreta, se apartó de la caravana corriendo para mirar de cerca al dragón. Tan inmóvil estaba el guerrero, que el pequeño no lo notó sino hasta que estuvo ante sus narices, cuando el hombre hizo un brusco movimiento defensivo de puro instinto. El chico se echó hacia atrás, impresionado por su porte. Sus ojos castaños lo miraron con curiosidad más que susto, y antes de que su madre lo retirara a empellones, le sonrió. Le faltaba un diente de leche.

El guerrero se quedó mirándolo, pasmado, hasta que el dragón soltó un nuevo chillido que lo obligó a volverse para hacerlo callar. En tanto lo conseguía, la caravana ya había pasado y empezaba a desaparecer tras la colina. Unas manitas diminutas lo saludaban, pero jamás las vio, les había dado deliberadamente la espalda.


Y la molestia de su pecho, por alguna razón, se hizo insoportable.




2006

17 de marzo de 2018

En estos tiempos bárbaros



La tormenta no amaina y tienes que encontrar un refugio. Caminas un buen trecho por entre los árboles, pero ninguno ofrece reparo; los fríos goterones de la lluvia traspasan las ramas aún peladas por el invierno. Hoy es día de San Patricio; no falta mucho para que la Primavera se haga presente, aunque quizás se tarde más que otros años en llegar. Al menos esa es la sensación en un día como hoy, que el frío te cala hasta los huesos.

   Finalmente, por entre tus flequillos empapados, vislumbras unas rocas, justo en el borde del acantilado de la derecha. ¡Sí! Hay un hueco lo bastante grande como para que una persona alta se encorve y entre. Parece profundo y oscuro, especialmente hoy, que el atardecer llegó temprano con las nubes...

   Al acercarte más, notas un resplandor apagado en el fondo y te detienes. ¿Amigo o enemigo? En estos tiempos bárbaros, no puedes fiarte de cualquier persona que te cruces. Hasta los animales son más confiables: por lo menos sabes cómo podrían llegar a reaccionar.

   Te haces bocina con una mano y gritas un "¡Hola, quien quiera que seas!". Luego esperas pacientemente, envolviéndote en tu capa. Nadie sale enseguida, hasta que, de repente, sientes la punta de una flecha en la nuca.

- Las manos afuera -gruñe alguien a tu espalda, retrocediendo -Date la vuelta lentamente y quítate la capucha.

   Obedeces. Al volverte, te encuentras con otro encapuchado tan empapado como tú, sólo que es algo más bajo de estatura y menudo. El arco cuya flecha te apunta, es extraño, no hecho por Hombres. Pero son tiempos bárbaros...

- He venido buscando refugio, no traigo armas -declaras.
- Y ese bulto en tu espalda ¿qué es? -pregunta con vos ronca.
- Mi laúd -respondes sencillamente, mostrando las palmas- Soy músico.
- Sí... Ya lo veo -Tu captor baja su arma y te hace un gesto con la cabeza- Camina a la cueva.

   Un tanto alarmado por la facilidad de todo el asunto, te mantienes en guardia, aunque obedeces sin chistar. Al reparo de la lluvia, podrás pensar mejor.

   Cuando entras al lugar, caminan por un pequeño pasillo accidentado y natural en penumbras hasta una cueva mucho más amplia y acogedora. Hay pieles en el suelo, mantas enrolladas en un rincón y una pequeña cantidad de almohadones apilados junto a una mesita sencilla formada por un tablón sobre pilares de roca. En un rincón, hay un caldero humeando sobre una fogata bien resguardada. El humo sale por una rendijas de la propia roca por donde se escurre un poco de agua de lluvia que es recogida por una jarra metálica. En el centro, colgando de una anilla, hay una lámpara de aceite crepitante. Y en las paredes, en casi todas ellas, se ven dibujos, arte rupestre de tiempos inmemoriales, trazados por distintas manos y artistas. Es increíblemente bello.

   Mientras te invita a sentarte, tu captor se quita la capucha de cuero empapada, dejando caer unas largas trenzas castañas con brillos dorados. Deja su arco en un sitio destinado para las armas (tienen varias) y, al darse vuelta, descubres que es una muchacha élfica de expresión seria y ojos tristes y antiguos como el mundo. Cierras la boca que abriste ante tu sorpresa y empiezas a balbucear una disculpa. Nadie ha visto a los Elfos desde hace tiempo, y si se los ve, es mejor mantenerse alejado de ellos y no fastidiarlos. Ahora encaja por qué ella te ha creído sin más, allá afuera: dicen que estos seres son capaces de leer en tus propios ojos, descubriendo tu valía. Pero también hay historias oscuras sobre ellos en estos tiempo bárbaros.... 

   Ella levanta la mano.

- No te disculpes -dice- Soy sólo una persona en esta caverna. Quítate la capa y las botas, y envuélvete en una de esas mantas; te serviré algo de comer. Me llamo Líriel, por cierto. Líriel Lórindol* -y al decir esta última palabra, su cabello libera unos destellos dorados, convocados por el resplandor del fuego. -¿Cómo te llamas tú? Si es que te atreves a darme tu nombre...

   Sonríes sin querer. Nadie da su nombre en estos tiempos bárbaros. Hay personas que pueden hacer mucho daño si lo obtienen; entregas tu nombre y abres la puerta para ser invadido, atacado, vulnerado. Y un poco de tu alma corre el riesgo de perderse, porque sueltas la lengua como si estuviera hechizada y empiezas a hablar de ti mismo, a descubrirte ante el mundo, como si de repente tuvieras la necesidad de que todos sepan sobre ti. Los secretos te convierten en presa fácil...

   Pero ella te ha icho el suyo sin vacilar. Los elfos no mienten, por eso sabes que es su nombre real. Y si te lo ha dado, es porque despiertas su confianza.. o en todo caso, ella confía en su propia fortaleza y no teme caer en el hechizo de la lengua, o no tiene nada que ocultar. Son seres extraños, los Elfos...

- Garald de Alendia -dices, con la certeza de que ella no te hará ningún mal. Te quitas la capa, la escurres un poco y luego dejas el laúd sobre una piel con cuidado. Tus botas están bastante secas pero tienes los pies helados y los acercas un momento al fuego. Líriel te alcanza un trozo de pan y luego, tomando tu capa, va hacia el fuego, colgándola de un gancho cercano. Toma dos escudillas del suelo, al otro lado y vuelve a buscar algo de ese guisado que huele mejor que estupendo. -¿Conejo? -aventuras.
- Con patatas y alguna otra raíz -asiente ella.
- ¿Vives aquí hace mucho? Así me lo parece -te atreves a decir. Estás un poco nervioso.
- No te equivocas -contesta, mientras deja dos cuencos en la mesa y te hace señas para que te acerques. Junta las manos y, cerrando los ojos, murmura algo en su lengua arcana que suena a bendición; luego, empieza a comer, mirándote- Espero que me permitirás examinar el laúd -dice, mirándolo desde su lugar.
- ¿Tocas?
- Algo. No exactamente eso; más bien la lira, aunque hace tiempo que no tengo una a mano... 
- Agradezco tu amabilidad, señora -aseguras rápidamente- Por supuesto que podrás tomar el laúd. Sólo te pido que lo trates con cuidado. Perteneció a...
- Sé a quién perteneció -interrumpe ella en voz baja- El laúd tiene su propio nombre grabado. Y no me agradezcas nada: tendrás que pagarme.
- Me temo que no traigo dinero... La última aldea que visité...
   Ella sonríe por primera vez y parece embellecerse de repente.
- No quiero tu dinero. Quiero una historia.

Ahora, sonríes tú.


*Lórindol: Este nombre se ha tomado de la obra de J.R.R. Tolkien. Se traduce como "Cabeza de oro" y fue el nombre dado a Hador.