20 de enero de 2019

La piedra




Silbando bajito, subió trotando por la calle, sin fijarse que hacía el ridículo. Qué más daba... ¡Que lo vieran! Estaba contento.

Hoy le había sonreído, hoy era feliz. ¿Mañana? No sabía, pero hoy... HOY, podía morirse tranquilo. Feliz.

Tropezó con un trozo de roca que lo hizo caer de rodillas. Esta vez, hoy, no se volvió a maldecir. Levantó la roca; era hermosa: bellas formas, perfectas en sus irregularidades. ¡Perfecta! ¿Tenía algo que ver que encontrara esa piedra perfecta justo hoy, que ella le había sonreído y que había recordado su nombre? Ni siquiera se lo planteó. Se la llevó a casa, sin notar la mirada perpleja de algunos mirones que lo habían visto caerse por azar y estaban prestos para reírse, (aunque no llegaron a hacerlo a causa de su actitud impensada, errónea y en extremo contraria a lo esperado. Había sido, quizás, muy descortés de su parte no darles oportunidad de burla y muchos siguieron su camino, meneando la cabeza, decepcionados. Ya habría algún otro desventurado con actitud menos optimista del que burlarse...)

Él llegó a casa, tarareando ahora, y buscó todas las hojas de pergamino que le quedaban. Y empezó a rascar el papel con su pluma de halcón entintada, volcando su corazón y su alma junto con los sonidos escritos de la manera más hermosa que nadie haya podido leer jamás ni leerá nunca. De vez en cuando, una catarata de risas se le escapaba de los labios y, abandonando la escritura, bailaba eufórico por el magro monoambiente y entonces, encontraba justo aquella palabra que, adosada a lo ya escrito, enriquecería y describiría mejor lo que sentía: el amor que era tan difícil de expresar y que henchía su corazón.

-Igualmente, ella lo comprenderá todo, pues hoy he visto su corazón a través de su bendita sonrisa, de sus sinceros e inocentes ojos. Aunque no me corresponda, debo decírselo… -y volvía a escribir.

Casi medianoche, cansado, se tendió en el suelo, mirando al techo tachonado de goteras -ahora secas- que para él eran hoy como estrellas.

Su vida, su alma, estaban en aquellos trozos de pergamino, porque la dama hoy, al sonreírle, al nombrarlo, al mirarlo, le había hecho el hombre más feliz y enriquecido de todos. Hoy, ella le había dado existencia, le había dejado ser; hoy había tenido sentido haber nacido. Hoy, ya no era un hombre triste que cantaba poemas y tragedias... hoy...


Se quedó dormido.




Esa mañana, a la dama se le envió un pulcro pero pobre cofre de roble sin pulir ni esmaltar. Su doncella lo recibió y se lo acercó, abriéndolo ante ella. Acaso si no hubiese manchado con el desayuno su camisón favorito, la noble dama hubiese sentido curiosidad sincera, hubiese notado la luz que salía de allí dentro... Pero en lugar de eso, se encontró con un feo trozo de piedra pulida que descansaba sobre un montón de viejos pergaminos escritos. Arrugó su naricita, decepcionada.

-Mi señora ¿qué es? -preguntó la doncella, echando una ojeada al contenido.

-Material para la chimenea- respondió ella, haciendo un gesto de desdén hacia el cofre. - ¿De quién decís que es?

-Del maese trovador que os cantó su tristeza ayer... no recuerdo el nombre... -se disculpó el correo.

-¿No es ese que siempre os espiaba desde el fondo del salón? -preguntó la doncella.

-Ah... sí, el de la bonita mirada... -recordó ella con una media sonrisa. Enseguida bostezó, aburrida- Envíale alguna cosa y dile que se presente esta tarde; tenemos un té con mi prima Priscila... Se morirá de envidia cuando vea que mi trovador es más lindo que el suyo…

-¿Dónde dejo el cofre, mi señora? -inquirió el sirviente.
-Lo dije claramente: chimenea. -señaló. Y volvió a mirar su arruinado camisón...




El trovador no se presentó al té con la prima Priscila. Había muerto aquella misma mañana.



2007