22 de diciembre de 2018

Corazón Enlatado



Nunca miraba a nadie. Ni siquiera una ojeada a los rostros, a los rasgos. Si acaso su mirada se cruzaba con la de cualquiera, sucedía por accidente y la apartaba de inmediato.

Así era más fácil no crear lazos de ningún tipo. Nada. Y podía matarlos sin piedad, en caso que fuera necesario.

Acostado miraba al cielo, pensando en nada, cosa que había hecho por muchos años. Pensar en los momentos de ocio, sólo traía distracción y él no podía darse ese lujo. Había que estar en guardia, no pensar en profundidad, vigilar, controlar el entorno.

Quizás, -si lo hubiese pensado- no tenía sentido vivir así, pendiente de los movimientos del mundo que lo rodeaba, sin relajarse nunca, sin disfrutar. Pero de esas dudas, ya no quedaban rastros. Ya no dolía lo que había dejado de ser; de hecho, ni siquiera lo recordaba.

Sintió una molestia y se palpó el pecho. Bah, maniobra inútil: tenía puesta la armadura. No había heridas allí, ni recordaba ningún golpe, de modo que la molestia se volvió irrelevante.

De repente, su montura (un dragón plateado espectacular), lanzó una advertencia. Él también estaba entrenado para estar en guardia.

El hombre se sentó y miró el paisaje. Allá venía subiendo ya la caravana que hacía rato presentía, a través de las vibraciones terrestres. Se puso en pie casi de un salto y adoptó una actitud marcial, la que ponía siempre delante de la gente: altiva, distante, soberbia... indiferente.

Tric... troc... tric... troc... Las carretas traqueteaban mientras ascendían el camino empedrado. Como era de esperarse, ni se molestó en observarlas. Hizo un cálculo mental del tiempo que tardarían en desaparecer tras la colina; ese tipo de pensamientos sí estaban permitidos, desde luego.

Cuando pasaron junto a su parada, -casi exacto en el tiempo que había calculado, vale decir-, cambió de postura, apartando la mirada del camino. El dragón soltó un chillido que enervó un poco a los caballos de la caravana, empero éstos no dejaron de avanzar. También estaban bien adiestrados, observó. Como él.

De repente, un niñito que venía detrás de una carreta, se apartó de la caravana corriendo para mirar de cerca al dragón. Tan inmóvil estaba el guerrero, que el pequeño no lo notó sino hasta que estuvo ante sus narices, cuando el hombre hizo un brusco movimiento defensivo de puro instinto. El chico se echó hacia atrás, impresionado por su porte. Sus ojos castaños lo miraron con curiosidad más que susto, y antes de que su madre lo retirara a empellones, le sonrió. Le faltaba un diente de leche.

El guerrero se quedó mirándolo, pasmado, hasta que el dragón soltó un nuevo chillido que lo obligó a volverse para hacerlo callar. En tanto lo conseguía, la caravana ya había pasado y empezaba a desaparecer tras la colina. Unas manitas diminutas lo saludaban, pero jamás las vio, les había dado deliberadamente la espalda.


Y la molestia de su pecho, por alguna razón, se hizo insoportable.




2006

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