Sangre. Volvía a olerla encima de él, en su piel y en sus ropas oscuras. Por más que se bañara a diario -a veces más de una vez al día- el olor persistía, no había forma de librarse de su halo.
Estaba seguro de que las demás personas lo percibían, o de otro modo no lo rehuirían cada vez que pasaba por algún pueblo. ¡Ni siquiera un verdugo oficial tenía tanta capacidad de repelencia! O acaso era a causa de la oscuridad de su ropa, de su porte de mal agüero…
Salió de la carretera para internarse en el prado repleto de flores de botón de oro. Eran brillantes, como la cabellera dorada de Kairi... Suspiró, tratando de acallar su corazón. Porque sintió la necesidad, se dejó caer boca abajo en medio de ellas pero no logró apreciar el perfume: el maldito olor sanguíneo se aferraba a él.
Se quitó los guantes y miró sus manos con aprehensión. La línea de la vida de una de sus palmas era mucho más larga que la otra y se preguntó si la vida de un Hombre dependía de ello. Por supuesto, si las incontables personas que había matado lo creían, eso ya no importaba ahora...
…
Perfume.
Lavandas.
Imposible hasta hace un momento, a menos que...
Unas sombras bordearon su campo de visión y sonrió apenas.
"Así que decidió seguirme, a pesar de mi advertencia", pensó con un deje de tristeza. Por qué no podía entender que era mejor que él se alejara de su vida. Porque entonces, ya no tendría vida.
Con un solo, brusco y sorpresivo movimiento, sacó su katana y barrió el suelo en torno a él sin apenas incorporarse. Eran nada más que tres y por lo visto no tan buenos; uno casi perdió un pie y otro cayó de espaldas por la violencia de su retirada para evitar el corte. El tercero, que estaba a sus espaldas, parecía el mejorcito.
¿Era casualidad que el perfume a lavandas surgiera de aquel ninja encapuchado?
-¡¡Maldito!! ¡¡Maldita bestia!! -chilló, lanzándose hacia adelante.
Él se corrió apenas, de modo que su atacante pasó de largo y cayó de rodillas más adelante. Movió la mano con la katana y ensartó al tipo que se había caído hacia atrás y que había empezado a levantarse de nuevo sólo para morir ahora de forma rápida.
Sin apenas mirarlo, sacó la espada de su cuerpo y se dispuso a matar al que permanecía de rodillas. Un poco más allá, aún se revolcaba de dolor el que casi había perdido su pie.
-Adiós, pequeña Kairi -dijo en un susurro.
Ella se volvió y él tuvo que hacer el peor esfuerzo de toda su vida para no caer bajo el hechizo de esos cálidos ojos almendrados e inocentes, sólo que no se dio cuenta de ello hasta que lo hizo. Esos ojos estaban llorando y reflejaban un corazón roto y vulnerable. Esos ojos habían iluminado unos pocos, pero beatos días y habían sabido mostrarle lo que él nunca había sabido ver de bueno en él.
Sacudió la cabeza y con un golpe, apagó esa mirada. La sangre cálida lo salpicó... pero todo olía a lavandas.
-Es lo mejor que puedo hacer por ti ahora... Para que dejes de atormentarte.
Miró de soslayo al que seguía con vida; era apenas un guiñapo lloroso y sufriente. No le debía nada a ese, después de todo ni siquiera había llegado a alzar la mano contra él, de otro modo, también estaría muerto.
Le dio la espalda, alejándose. Antes de dar el cuarto paso se dio cuenta de su error, quizás el único de toda su vida... No. El segundo; el primero había sido Kairi.
Una cuerda tensada, un silbido, un chasquido. Miró su propio pecho y soltó una risita mientras admiraba la flor que iba creciendo sobre el chaleco de cuero negro, del lado del corazón.
Un error imperdonable, un error mortal... ¿un error añorado? Un error que había comenzado el día que Kairi se cruzó en su camino.
Se dejó caer de nuevo y miró los botones de oro del campo. No vio allí la única flor cuyo aroma le había sido permitido sentir, la única que se había atrevido a cortar, la única… que debió dejar intacta. Ni siquiera estaba ya a sus espaldas, en el cuerpecito delicado y sin vida. Sin embargo su perfume seguía allí, a pesar de la sangre derramada. A pesar de que el murió unos minutos después.
2008
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