1 de marzo de 2019

La sombra del Licántropo II



Anochecía en las praderas de Ossiriand cuando las fogatas se encendieron desperdigadas para saludar a las estrellas. En algún lugar, alguien entonaba una balada para la Señora de todas ellas; sin duda algún elfo errante, pensó Varzan. Harith se acercó, ajena a la magia de la puesta del sol.

—¿Acaso nadie sabe la hora de la cena? —preguntó en tren de despotricar— ¡Ni tus hombres ni tus hijos tienen la disciplina necesaria! Si mañana se repite, juro que no cenarán... ¡Y tú tampoco!

—Hum... Ven aquí, Harith... Admira conmigo el paisaje... ¿No es lo más bello que hayas visto?

—Supongo que sí... Sólo espero que yo haya sido lo más bello que tú hayas visto... ¿eh? —Harith le dio un codazo cariñoso en las costillas y él debió simular una sonrisa. Ella no sabía medir su fuerza y seguramente luego tendría un moretón...

Esa noche, cuando todos estuvieron reunidos por fin junto al fuego, Tarco les contó historias sobre Gaurcaran, un licántropo que había huido de la ruina de Tol- in- Gaurhoth hacia el este de las Ered Luin. Nadie supo qué fue de él aunque mucho se habló de la desolación que había dejado tras de sí. Se contaba que su pelambre era rojo a causa de la sangre de sus víctimas. Los dos pequeños que escuchaban atentos, habían sido sobrevivientes de su matanza. Por eso, no sólo tenían en común que aquel ser les hubiese privado de sus familias sino también que Varzan y Harith les hubiesen hallado y criado... además de su amor por las historias.

Según Varzan, su amigo Angael lo había sellado en una cueva hasta el fin de los tiempos.

—Los sellos que los elfos crean, sólo ellos los pueden manipular como se debe y no creo que ninguno vaya soltarlo, así que...

—Anoche dijisteis que fue un vampiro lo que encerró hasta el fin de los tiempos —replicó Viur, una mujer llena de tatuajes, escéptica— Y hace varias semanas atrás, fue un Balrog. ¿Acaso los tienen a todos allí, sellados?

—Seguramente no quería que se sintiera solo... —rió Fert, medio achispado por la bebida— ¿Qué más habría? ¿Trolls? ¡Orcos trovadores! ¡Ja ja! —rió, mostrando los dientes chuecos, contagiando a muchos sólo por ver la expresión boba de su cara. Varzan enrojeció de rabia.

—¡No he dicho que los encerrara en el mismo sitio! —gritó, escupiendo. Los que tenía más cerca se secaron la cara disimuladamente— Además... Además...

—¡Bien, bien; ese es el ejemplo que quiero para mis hijos! Te he dicho que no te pases con las mentiras, Varzan —señaló Harith, con expresión de fastidio— Luego, no te quejes si no te toman en serio... ¡Qué va! ¡Eso explica la falta de disciplina que mencioné hoy! —Se puso de pie bruscamente y miró a la veintena de guerreros como si pudiera fundirlos con los ojos— Y vosotros sois todos cómplices, por tanto, hoy no habrá postre...

—¡Eso no es justo! —replicaron varios.

—Harith... —empezó Varzan.

—¡Nada! ¡A dormir! —cortó ella con un gesto brusco— Tú, Narmo, haces la primera guardia y seguirá Fert, por bocotas. ¡Buenas Noches! —Y se retiró.

—A veces me pregunto quién es realmente el jefe de la Compañía... —comentó Tarco a Viur.

—Detrás de un gran hombre siempre habrá una mujer —replicó ella con una sonrisita irónica.

—Cállate... ¿Quieres?

—¡Silencio ahí fuera! —gruñó Varzan desde dentro de su tienda.



Lir y Bar se quedaron todavía un rato despiertos. Dormían bajo las estrellas junto al resto de los guerreros, pues la noche estaba templada y era agradable mirar al cielo.

—¿Crees que fuera una mentira todo lo que contaron? —preguntó ella a su hermano.

—¿Qué es verdad y qué es mentira? —se encogió de hombros Bar— Tarco dice que en estos tiempos nunca se sabe... Acaso Guracanga nunca existió...

—Sí, claro. Entonces ¿qué hacemos aquí? ¿Quién mató a tus padres y a los míos? ¡Y es Gaurcaran!

—No sé, puede haber sido una excusa para no explicar algo más complicado. Y si existió... ¿Cómo sabemos que no escapó de su prisión, si es que lo encerraron? ¡Buenas Noches!

—Buenas...

De repente Lir se sentó. Sus orejas puntiagudas habían captado algo. Bar abrió los ojos.

—¿Lir?

—Escucho unos como gruñidos...

—Debe ser algún lobo perdido o un perro... —Se le iluminó la mirada— ¿Quieres que vayamos a ver? Realmente no tengo sueño...

—De acuerdo...

Se vistieron y ocultaron una pequeña daga en cada bota; después, rellenaron un poco sus mantas. Narmo los interceptó cuando los vio caminando.

—La naturaleza llama —mintió descaradamente Bar, con su mejor cara de no aguantar mucho.

—¿A ambos? —sospechó Narmo.

—Tú sabes lo miedoso que es Bar por la noche... —dijo Lir— Si moja las mantas, madre lo regañará y tendremos que decirle que tú...

—Ya, vale... pero no tardéis mucho y blablabla: ya sabéis el resto.

—¡Volveremos pronto y sin que lo notes! —asintieron al unísono.

Cuando Narmo se dio la vuelta, corrieron hasta perderse tras unos arbustos. A un rato de caminar, llegaron a las paredes de las montañas.

—Es por aquí, puedo ver sus huellas... —indicó Líriel, apoyándose en las rocas.

—Espero que no te equivoques... —farfulló Bar, cuya subida lo estaba dejando sin aliento. Líriel siempre había sido más ligera que él. —¿Ya no lo escuchas?

—No... —Ella se quedó de pie con el ceño fruncido— Quizás nos está esperando...

Bar se encogió de hombros y la empujó para que siguiera caminando. Por si acaso, sacó su daga y tomó la mano de su hermanita.

—¿Tienes miedo? —siseó Lir.

—Nop... Pero si nos pasara algo y madre ve que no estaba contigo, se va a fastidiar. Si nos encuentran muertos, más vale que sea uno al lado del otro, ¿no crees? —forzó una risita.

—Estúpido —refunfuñó ella, dándole un codazo. Bar pensó que Lir ya empezaba a hablar igual que Harith.

Estaba oscuro como alma de orco ahora y a la niña le costó distinguir nada. Pero se sentía un olor a humedad y encierro.

—Creo que hay una cueva justo enfrente de nosotros...

—... ¿Qué no es este el sitio donde estuvimos hoy? —recordó de pronto Bar, sintiendo que se le ponía la piel de gallina. Tenía un mal presentimiento, aunque era cierto que apenas distinguía nada, creía reconocer aquel saliente—¿Tienes alguna idea de qué animal oíste gruñir?

—¿En qué piensas? —se alarmó ella.

—Tarco dijo que Garuncaries fue encerrado y sellado en estas montañas...

—Padre lo dijo. Y es Gaurcaran —corrigió Lir— ¿Y qué? —Se agachó hacia delante para tratar de percibir algo más. Le parecía oír un gañido lejano.

—Pues.. que nosotros... hoy...

Lir se volvió y lo miró, expectante. Enseguida comprendió a qué se refería. Trató de reírse, aunque empezaba a ponerse nerviosa.

—No creo que... —empezó a decir en tono superficialmente despreocupado, cuando percibió algo y se mordió la lengua. Era el gruñido de un canino... o de un lobo... ¿o de un licántropo? Justo detrás de ella, en esa cueva. Y estaba furioso.

Baranor no llegó a oírlo, pero olió el miedo de su hermanita y le pareció ver el brillo de unos ojos ambarinos por encima del hombro de ella. Sin mediar una palabra, (una mirada bastaba) acordaron echar a correr cuesta abajo. Trastabillaron y se rasparon con incontables ramas, pero los ladridos detrás de ellos, demasiado cerca como para sentirse seguros, los arengaban a seguir.

Salían de la arboleda cuando Bar tropezó y Líriel, sin poder frenar a tiempo, lo arroyó. Rodaron cuesta abajo el trecho que los separaba del campamento hasta que Narmo los interceptó por segunda vez.

—¡Muy lindo... muy lindo! ¿Qué, no se suponía que volverían sin que yo lo notara? —preguntó, entre ceñudo y divertido, ayudándolos a levantarse— ¡Apuesto que todo Lindon lo notó! Cualquiera diría que anduvieron donde no debían y... ¿Qué sucede? —Ahora que los veía bien, parecían asustados.

—¡U... un... Licántropo! —jadeó Lir, restregándose las rodillas adoloridas.

—Sí, cómo no... ¡Ya mismo os vais a dormir!

—¡Pero es verdad! —insistió Baranor— Nosotros lo... lo vimos... —aseguró con los ojos grandes como platos.

—¡Y yo soy Enriqueta de la Colonia! Esos monstruos desaparecieron hace décadas.

—¡Pero Tarco dijo...!

—Nada. Os vais a dormir, antes que llame a vuestra madre para que os regañe.

Ante esa amenaza, prefirieron obedecer. Harith enojada era alguien muy, muy desagradable. Sin embargo, Baranor se volvió, preocupado.

—De todas formas, ten cuidado, Narmo. No querría que te pasara nada...

Narmo los miró, serio, acaso conmovido por su preocupación.

—Bien. Si os tranquiliza, le avisaré a Fert cuando me releve... —asintió, empujándolos suavemente— Buenas noches. —Los niños no respondieron y se alejaron cabizbajos, echando miradas furtivas por sobre el hombro. Narmo los observó hasta que se metieron bajo sus respectivas mantas y siguió la ronda, sacudiendo la cabeza negativamente— Niños...



—No podré dormir... me duele todo el cuerpo... —se quejó Baranor, desde debajo de su edredón.

—Yo tampoco... Pero no me importa si me duele... —Líriel sorbió por la nariz— ¿Te das cuenta? Todo esto es mi culpa...

—¡No es cierto! Estamos juntos en esto, Lir.

—Padre dijo que los sellos que los elfos colocan sólo ellos los pueden manipular. ¡Y yo soy un elfo y saqué esa piedra verde de la pared de roca! Seguramente era un sello y liberé a ese...

—¡No sabíamos! Además, quizás nos equivocamos y Narmo tenga razón... —Aunque Bar no estaba muy seguro de ello, se aferró a la idea— Acaso fue casualidad que quitáramos ese guijarro brillante y... y...

—¿Y cayera toda esa pared luego? Sí, cómo no... ¡te digo que era un sello!... Y todo por culpa de ese estúpido gamo que tu querías...

—¡Oye, eso no tiene nada que...!

—¡A callar ahí! ¡Ser hijos del jefe no os da derecho a gritonear por la noche! —refunfuñó la voz de Vorlan.

Líriel y Baranor se miraron con veneno y, dándose la espalda deliberadamente, intentaron dormir.




continúa en... Licántropo III

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