3 de marzo de 2019

La sombra del Licántropo III




Durante la mañana, Fert comentó que había visto un can sobrealimentado por la campiña y que le daba mala espina.

—Me pregunto si no sería ese licántropo... Guruncagan... —aventuró.

Líriel dio un violento respingo y volcó su leche, mientras que Baranor empezó a toser, atragantado.

—¿Qué os pasa a vosotros? —los regañó Varzan y miró a su mujer para que viera que sí los retaba cuando debía. Después se volvió a Fert— Tu, inútil, es Gaurcaran, ¿entendido? Y no puede ser, porque ya no hay licántropos en esta tierra. ¡Antes, yo soy Enriqueta de la Colonia! Acaso fuera algún lobo perdido...

Fert se encogió de hombros.

—Yo no sé. Sólo decía. En este mundo, todo es posible, ¿No, pequeño Bar? —preguntó, dándole un codazo a Narmo, quien soltó la risotada.

Baranor escondió la cara en su tazón de leche para que no vieran que se había puesto roja. No pasó mucho antes de que toda la Compañía se enterara de que Baranor asegurara ver a un licántropo. Más tarde, Harith lo regañó por meterle ideas a su hermana. Después de todo, él era el mayor y estaba claro que todo aquel cuento era suyo. También regañó a Tarco por contar estupideces por la noche, asustando a sus hijos.

—Lo siento... —se disculpó Lir con Bar cuando fueron a lavar los trastos del almuerzo. Él no contestó enseguida.

—Eso no es lo importante ahora —suspiró— Nosotros sabemos la verdad; deberíamos intentar tratar de arreglarlo. No me importa si los demás nunca se enteran de que teníamos razón.

—Es verdad... Gaurcaran mató a mucha gente y estoy segura de que lo volverá a hacer para vengarse de que lo encerraran... —Se quedó callada un momento, mientras rasqueteaba una sartén. Baranor se distrajo viendo una rana y la imaginó con los calzones de Fert. Al tomar una piedra para concentrar su fastidio en ella, se detuvo y contempló un momento el guijarro. Miró a su hermana al mismo tiempo que ella lo miró a él.

—¡Esa piedra! —dijo Lir, asintiendo— Tenemos que devolverla a su sitio, junto con Gaurcaran.

—Si, pero no sabemos cómo usarla.

—Soy un elfo ¿recuerdas? Ya se me ocurrirá algo —se encogió de hombros— Pero hay que pensar en cómo atraer al licántropo a su prisión de nuevo.

—Bueno, tú encárgate de averiguar cómo usar la piedra y yo pensaré en el plan.

—Tiene que ser pronto, porque oí decir a padre que nos iríamos en unos días, cuando pase la tormenta que se avecina— avisó Lir con urgencia.

—Bien. Tú has lo tuyo.

Luego de un rato de tratar de concentrase, Baranor desistió y vio que Líriel juntaba guijarros.

—¿Para qué juntas eso? ¿Se te ha ocurrido algo?

—Nop. Pero estas piedras son lindas...

—¡Así no resolveremos nada! —se disgustó Bar. Enseguida, resopló— No vamos a lograrlo solos. Tendremos que pedir ayuda a alguien.

—Sí, pero ¿a quién? ¿Olvidas que se burlaron de nosotros...? Bah... de ti... —se corrigió.

—¡Hum!



—Los niños están demasiado tranquilos. Me da mala espina... —comentó Viur con Tarco.

—Lo noté. Pareciera que planean algo... Quizás le hagan algo a ese bocotas de Fert, después de todo, Bar estaba furioso con él.

—Pues no sé... ¿Sabes? Vi unas huellas enormes cerca del campamento, como de perro lobo.

—No creerás tú también que Gaurcaran halla vuelto, verdad... —Tarco la miró con sorna— Era una historia para asustar a los niños...

—Sí, bueno, pero, ¿acaso se sabe qué fue del último licántropo? Yo no he oído nada de él, luego de la Matanza del Este donde lideró a esa manada de lobos grises... ¿Es cierto lo que dice Varzan? No lo sé...

—Siempre hay algo de verdad en las afirmaciones —Tarco se encogió de hombros— Aunque sea, un trozo de ella, según lo ve Varzan. De todas formas, habría que preguntarle a los elfos, ellos lo saben todo.

—Sí, y lo mismo podría esperar que lluevan manzanas, antes de encontrar a alguno dispuesto a charlar en estos días—Miró con hastío las patatas que pelaba para Harith. Esa no era su idea de pertenecer a una Compañía de Mercenarios.

—Si me disculpas, allá esta Vorlan pretendiendo ser el luchador del año; voy a fastidiarle —anunció Tarco, levantándose. Él ya había acabado con sus patatas... aunque las había dejado dos tercios más pequeñas de lo que eran.

—Sólo una cosa más —lo retuvo ella— Mide lo que dices frente a los niños —advirtió levantando su navaja amenazadoramente— Ellos son muy crédulos y no distinguen la diferencia entre realidad y mentira.

—Prefiero creer que las mentiras son fantasías, Viur.

—¡Dices eso sólo para no admitir que eres un reverendo embustero! Luego no te quejes de que Harith te esté regañando...

Tarco fingió que no la oía y se alejó de su rubia amiga, canturreando y pensando en alguna broma qué gastar al engreído Vorlan. Viur miró al cielo. En aquella compañía no parecía existir ningún hombre maduro y Baranor iba camino a ser como todos ellos.

Una manita le tironeó de la túnica. Era el niño, precisamente. Líriel estaba unos pasos por detrás de él.

—Viur...

—¿Qué pasa?

—Tenemos algo que pedirte...

Tras oír la pequeña historia, Viur hizo un esfuerzo sobrehumano por no reírse. Obviamente, para los niños aquel asunto era muy serio y no quiso ofenderlos. Ya se habían burlado lo suficiente por hoy.

—Bueno, ¿estáis completamente seguros de lo que decís? —preguntó— Esto es algo grave...

—Era él —afirmó Lir

—Mostradme la pepita... —pidió Viur, tendiendo la mano. Lir rebuscó en su bolsa y sacándola, se la dio. Viur apreció que era algo más pesada de lo que parecía— No es la gran cosa... —opinó.

—Pues a mí me late cuando la tomo —repuso Lir—Y sentí que no debimos quitarla cuando lo hicimos...

—Entonces, por qué lo hiciste.

—Es que... —vaciló la pequeña, mirando de reojo al chico.

—Vamos, ¡Échame la culpa! —gruñó Baranor, cruzando los brazos.

—¡Sí, fue tu culpa, por ambicioso! ¡Tú querías...!

—¡Bien, bien! Peleaos justo ahora y cualquier cosa que hagáis fracasará —los regañó Viur— Si queréis que funcione, habrá que olvidar eso y arreglar las cosas. Si no, no os ayudaré. ¿Vale?

—... Vale... —dijeron cabizbajos.

—Para empezar, esperad a que termine con estas patatas...



Luego del almuerzo, Viur pidió permiso a Harith (pedirlo a Varzan hubiera sido una pérdida de tiempo, pues él la derivaría a su mujer de todas formas), y se alejó con los niños rumbo a las montañas. Iban armados como para un asalto. Harith pensó que irían a entrenar o jugarían a atacar a algún enemigo. O acaso pensaran cazar algo grande para la cena; Bar siempre estaba hablando de ese gamo...

—Buena chica, esa Viur—comentó en voz alta— Tan buena que espero que no busque marido entre alguno de vosotros...

—¿Y eso por qué? Yo soy bastante bueno para ella... —declaró Vorlan, acomodándose el jopo.

—Y yo soy Enriqueta de la Colonia... —se mofó Tarco— Ella sólo tiene ojos para mí.

—Soñar es gratis, dicen... —rió Mustan— ¡Sabéis que os gano en todo!

—Afortunado en el juego, desafortunado en el Amor. Y yo siempre pierdo, así que...

—¿Tú, Narmo? ¡No me hagas reír! Ella se ríe de mis chistes... ¿No es eso prueba suficiente? —sentenció Fert.

—¡Ya callaos todos! —regañó Harith— Y luego, no hagáis preguntas imbéciles, manga de escuerzos artrópodos...

Cuando Harith se alejó un poco, Mustan dio un codazo a Tarco.

—¿Qué es... eso que dijo?

—¡Concentración de músculos sin cerebro! ¡Averígualo tú esta vez! —replicó— Luego me dices qué es...



En el sendero podían vislumbrarse unas enormes huellas de perro. Viur las miró ceñuda y fingió no notar el escalofrío de Líriel. El aire se estaba cargando de humedad y el cielo se oscurecía. Algunas aves empezaron a chillar, acaso llamando a sus crías al nido. Habían elegido ese momento pues, según Viur, la lluvia evitaría que el licántropo los olfateara.

El gran Gamo pasó cerca de allí y se detuvo un momento a observarlos. Baranor fingió no haberlo visto, pero tuvo que hacer un enorme esfuerzo para resistir el impulso de tensar el arco. Delante de ellos, se alzaron las Ered Luin, negras a causa de la poca luz. Allí acababan los árboles.

—Será una tormenta dura, pero rápida... —opinó Viur mirando al cielo.

Arribaron a donde estaba el derrumbe. La abertura que había quedado no era demasiado grande, aunque una persona adulta podía pasar agachándose apenas. Viur asomó un poco y enseguida saltó afuera. Un gruñido la había alarmado.

—Se suponía que no estaría en casa... —siseó —Será mejor que regresemos... ¡Oh!

Un enorme perro gris oscuro saltó sobre su espalda y la derribó, justo cuando sonó un horrible estampido en el cielo, que apagó el chillido de Lir. Baranor sacó su arco y se aprestó a disparar, aunque no llegó a hacerlo.

—¡Fëafaroth, aquí!—ordenó una voz nueva, fuerte y clara. Lir se volvió y vio que junto a Baranor había un hombre alto, cubierto con un capuchón gris y semblante severo.

—¿Fëafaroth? —preguntaron los niños, desconcertados. ¿Entonces, no era Gaurcaran...?

—Sí. Fëafaroth o Espíritu Cazador en vuestra lengua... —respondió el misterioso hombre, acariciando la testuz del animal.

—¿Es vuestro el... licántropo? —preguntó Líriel, atragantándose.

—¿Licántropo, decís? —El hombre no supo si reírse o molestarse— ¡Sólo un ser Oscuro se aliaría con semejantes criaturas! Y yo no lo soy, al contrario. —Se quitó la capucha gris, dejando ver unas orejas puntiagudas asomar por entre su cabello negro y lacio— Fëafaroth es un perro lobo del norte y créeme, ¡no se asemeja en nada a un licántropo! Aunque ya no hay muchos del tamaño de Fëafaroth...

—Pu... pues, ¿qué hacía encerrado dentro de la cueva? —insistió Baranor— Estoy seguro de que estaba allí por alguna razón...

Fëafaroth se recostó y se lamió las patas. En esa postura, no parecía tan fiero como hacía un rato o como la noche antes.

—¡Por supuesto! —El elfo ayudó a Viur a levantarse— Él vive en mi casa: Le gusta dormir de este lado.

—¿Llamáis a eso casa? —frunció la nariz Líriel.

—¡No está terminada! —respondió con aire ofendido, apartándose de Viur. Sin duda consideraba un par de maleducados a aquellos niños y acaso veía en Viur a una de las responsables— Además, esta es la parte trasera... ¡Cada uno vive donde puede! ¿Por ventura habéis visto adentro? Está quedando muy bien y... —De repente frunció más el ceño y se cruzó de brazos— Se me hacéis conocidos... ¿Qué no sois ese par que merodea por aquí desde hace semanas?

—Eh...

—Grande siempre os está mencionando y sospecho que sois los responsables de que mi puerta trasera se derrumbara...

—¿Puerta...? —repitieron Lir y Baranor, nerviosos.

—Efectivamente. Y tú —señaló a Líriel— eres uno de los míos... Sin duda, fuiste quién quitó el sello que la sostenía. Nadie más pudo hacerlo...

—Yo... yo... —balbuceó Lir, perturbada. Enseguida asomaron unas lagrimitas de sus ojos grises— ¡Íbamos a devolverlo justo ahora!

—Ella no lo hizo adrede, Maese... —la defendió Viur apresuradamente— Apenas sí sabe que es un elfo como para haber previsto lo que...

—No os preocupéis —interrumpió el elfo, amablemente, comprendiendo— De todos modos, esa puerta no estaba terminada, o sino, no se habría derrumbado. —Y añadió, mesándose la barbilla, con lógica— Pero sus disculpas no la levantarán y tendré que empezarla de nuevo...

—Y los niños te ayudarán a repararla —agregó Varzan, apareciendo de detrás de un grueso roble.

Baranor y Líriel palidecieron momentáneamente.

—Padre, nosotros no quisimos... —se adelantó el niño.

—Fue mi culpa, pero... —dijo Lir a la vez.

—Oh, sí. Acabo de comprender todo ese lío del licántropo —acalló Varzan. Se volvió al elfo— ¿Qué cuentas, viejo buen Angael?

—Pues ya ves: uno busca un sitio tranquilo donde establecerse y aún así... —suspiró para dar más énfasis a sus palabras, pero enseguida sonrió—¿Ella es la niñita que encontraste en Dol Ninquetarma? Oí los rumores... Esos lirios blancos de su cima no han sido los mismos desde entonces: Ahora tienen manchas rojas y hablan de tristeza...

—Sí. Líriel... —Varzan miró a su hijita con cierta dulzura, pero enseguida volvió a su anterior expresión de enojo.

—¿Líriel? —preguntó Angael— ¿Es por los lirios? Porque no es un nombre élfico, si algo conozco de nombres...

—Tenía que arreglármelas y tú te habías ido hacía tiempo. Lo inventé, aunque no me rebané los sesos en ello...

—Es un bonito nombre, de todas formas... —concedió Angael. Miró al chico— y tú debes ser Baranor, entonces... el que encontramos en aquella pila llena de óleos. ¡Sí que has cambiado! Aunque reconozco ese lunar de tu brazo... Fue el destino quien quiso que Gaurcaran no te olfateara entre esos perfumes... —recordó, mirando con los ojos del pasado.

—¿Usted estaba ahí? —se animó a preguntar Bar.

—Sí... Formé parte de la Compañía Faranor, padre de Varzan.

—Pues no se ve tan viejo como él... —observó Lir sin una pizca de tacto.

—Eso es porque es un elfo —replicó Varzan como si eso lo explicara todo. Se volvió a Baranor— Angael te curó, pero seguro no te acuerdas, porque eras muy pequeño. ¿No te conté que Gaurcaran respiró su aliento venenoso cerca de donde tus padres te habían ocultado? Pues hubieses muerto como ellos de no ser por él.

—En fin, ya puedo reconocer ahora que estos son tus hijos... Hay, recién lo noto, como un aura a su alrededor—admitió Angael— Imagino que te han dado problemas a ti también desde entonces: ¡Te dije que ser padre no sería fácil!

—Y que lo digas —asintió Varzan, mirando a los niños con el ceño fruncido— Tenemos muchas cosas de qué hablar... ¡Y pensar que hace semanas que acampo por aquí y no te dignaste salir a saludarme, cretino!

—Dispensa, no lo sabía. He estado tan ocupado allá abajo, construyendo, —señaló el suelo con un gesto de la cabeza— que simplemente paso por alto algunos chismes. Alguien mencionó que un grupo de Mercenarios andaba por aquí, pero no imaginé que sería tu Compañía, precisamente. ¡De nuevo lo siento, Varzan! Soy un distraído... Aunque si advertí la presencia de tus hijos, especialmente cuando tiraron abajo mi puerta...

—¡Te perdono, no te preocupes! —Varzan le dio una palmada dislocadora en el hombro— Sólo porque eres mi amigo y porque mis hijos estropearon algo de tu propiedad y me siento avergonzado... Pero explícame: ¿Por qué tu puerta se derrumbó de ese modo? —señaló todo aquel tiradero de guijarros y rocas.

—Ya dije que no la acabé. Como tuve complicaciones con otra parte de la casa, maese Darin, (el arquitecto enano que me ayudaba), me aconsejó que la abandonáramos de momento —explicó Angael— No podía dejar el boquete abierto, así que la tapamos un poco con unas piedras y yo las sostuve con el sello (que, por cierto, tu niña no me ha devuelto), para disimularla con el resto de rocas de la montaña. Había un modo de tomarlo sin que se derrumbara, pero obviamente, Líriel no lo conocía y quitó el sello sin más.—se encogió de hombros— Puedo repararlo y, mientras tanto, puse a Fëafaroth a vigilar el boquete... Realmente, no es algo para castigarlos...

—Eso lo decidiré yo... —gruñó Varzan, acariciando su cinto y mirando de nuevo a los dos niños. Éstos se miraron intranquilos.

—Jefe... ¿No cree que han tenido bastante con el susto? —intervino Viur con cuidado— Están arrepentidos...

—¡Quizás, pero eso no arreglará este desastre! Ven, Angael, decidiremos qué hacer con este par de revoltosos... Viur, tú ve al campamento y dile a Harith que volveré con los niños para la cena —ordenó.

—Este... —vaciló ella al ver las miradas suplicantes de Baranor y Líriel. Pero Varzan se interpuso en su campo de visión, ceñudo y ella se irguió— ¡Sí, señor!

Hizo la venia y ya se alejaba, cuando Angael la llamó.

—Señora, sabed que aún hay algunos elfos bien dispuestos a una buena conversación. Podéis venir cuando queráis con vuestros amigos.

Viur asintió, enrojeciendo y se alejó al trote.

—Bien —dijo Varzan— ¿Dónde estábamos...?

Bar y Lir se miraron angustiados y tragaron saliva.



—No ha sido tan malo, después de todo... —refunfuñó Baranor, restregándose una nalga adolorida.

—Aún falta que madre lo sepa —suspiró Lir. Rascó las orejas del perro negro, a su lado— A la luz del día, no se ve tan fiero como anoche... —observó— Me alegra mucho que no fueras Gaurcaran... —le dijo a Fëafaroth.

—No querría ser su presa de caza, de todos modos —Bar estiró las piernas y se acostó de cara al cielo— Gauracaran es sólo un viejo recuerdo... Aunque Angael no nos confirmó el cuento de que está encerrado...

—Es Gaurcaran —corrigió Lir— Podrías aprendértelo de una buena vez, Bar. No es tan difícil...

El niño hizo un gesto de fastidio.

—Ya no importa... Pero, oye, ¿Crees que padre hablaba en serio?

—¿Cuando dijo lo de quedarnos con maese Angael? —adivinó Lir— Supongo que sí... Hace tiempo lo oí hablar con madre sobre algo de eso. Dijo que sería bueno que yo pasara un tiempo con los elfos para aprender cosas sobre... mi gente. Es una buena oportunidad, supongo...

—Bien, reparar una puerta no es mi idea de aprender cosas sobre ellos, pero, a mí me gustaría quedarme. Ellos saben ser sigilosos y eso me serviría para cazar a Grande. Sólo necesito observarlos...

—¡Todavía molestas con eso! —se irritó Lir.

—¡Tu comida no huye!

—¡Vamos! Aunque fueras vegetariano, tratarías de cazarlo y lo sabes... —lo acusó.

—¡Por supuesto! ¿Pretendes que me ponga un par de zanahorias en el yelmo? ¡Ni que fuera Enriqueta de la Colonia!

Líriel abrió la boca para rebatirle pero, frunciendo el ceño, se detuvo, pensativa. Fëafaroth le lamió la manita, pidiendo más caricias.

—Hay algo que hace tiempo quería preguntarte... —dijo al fin ella.

—Dime...

—¿Quién cuernos es Enriqueta de la Colonia...?

27 / 07 / 2006

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